|
Por Martin
Daniel Gonzalez
www.elsembrador.net
Adviento
es el tiempo de espera por excelencia. Se espera, junto a toda
la humanidad, a Cristo autor de nuestra redención, pero además,
es mas que un tiempo, es una manera de ver las cosas, es
ver todo desde la óptica de la esperanza.
Desde ese
punto de vista todas las cosas cambian de color y se vuelven
color de Dios, y fue eso lo que hizo María para poder ser
fiel hasta el final a la voluntad de Dios, ella, la Mujer del
Adviento, nos puede enseñar a esperar con ansias al “fruto
bendito de su vientre”, es ella la que puede enseñarnos a ver a
Dios en cada acontecimiento de nuestras vidas.
Ver a
Dios en las cosas será el objetivo principal de este adviento;
si María no lo hubiera hecho así, no habría visto en su hijo al
Hijo de Dios y no habría entendido al final todo aquello que
guardó amorosamente en su corazón.
Igual que
ella, nosotros debemos vivir nuestra historia como Historia de
Salvación, para nosotros y para nuestros hermanos, ya que Dios
se vale de cada uno de nosotros para comunicar su presencia a
los demás, como lo hizo con los Reyes y con los Pastores,
estamos llamados a ser estrellas y Ángeles para los demás.
Ella, la
mujer del Adviento por excelencia, nos demuestra todos los días,
como es posible vivir en la esperanza y de la
esperanza que brota de la presencia del Verbo hecho carne entre
nosotros, creyendo en su promesa de estar con nosotros hasta
el fin de los tiempos.
Nadie que
se diga seguidor de Cristo puede vivir sin esta esperanza, ya
que de ella brota el sentido de la existencia y sin ella, toda
nuestra historia se vuelve solo un soportar días y días.
Tomemos
la iniciativa en este tiempo de adviento y formémonos en la
Esperanza que no defrauda, que es Cristo nuestro Señor y
Salvador.
Olvidémonos
de nosotros mismos y vivamos este tiempo tan especial del año
acordándonos de los demás como lo hizo María con Isabel.
Algo que
podemos aprender mucho de María, es el modo en que ella espera,
su espera es ejemplar, desde el Silencio, desde el Servicio y
desde la escucha atenta a la Voluntad de Dios… estas son solo
algunas de las virtudes que podemos aprender de como espera
María la venida del Salvador.
Durante
los meses de la dulce espera de María, ella no se quedo solo
contemplando su ombligo, sino que al enterarse que su prima
estaba en la misma situación, fue donde ella a prestar su
servicio, desinteresado y oportuno, pronta a atenderla cuando
llegara el momento.
Vida que
engendra Vida podría ser el titulo de esta escena de la historia
de María y de Isabel, ya que la una y la otra fueron participes,
testigos y protagonistas de la Historia de la salvación que se
hacía carne y vida en ellas.
Imitar el
ejemplo de estas dos mujeres, será nuestra tarea durante este
tiempo de Adviento que estamos pasando, viendo en cada hermano
una oportunidad para ser serviciales y prestar nuestro tiempo y
nuestro esfuerzo.
Esto
debería ser en nuestras vidas, no solo el propósito del
Adviento, sino también del resto de los días del año, ya que,
como María, deberíamos vivir permanentemente en el servicio al
prójimo y en el amor por los más pequeños.
Nos
parece un poco utópico todo esto que estamos pensando, pero son
los mismos valores del evangelio los que nos exigen, no solo a
pensar, sino a ser cada vez mas serviciales, mas
justos… mas santos.
Todos
estamos llamados a esto, no solo aquellos que consagran su vida
a través de los votos o las promesas, sino todos aquellos que de
un modo u otro somos llamados por Dios a gozar de su presencia y
en quienes Dios tiene puesta su predilección.
Oremos a
Dios para que nos conceda la gracia de que en este Adviento
escuchemos cada vez mas las palabras de su Madre que nos dice
“Hagan todo lo que El les diga.”
Nadie se
alegra tanto como María al ver al niño llegar, y es que la
alegría de traer una nueva vida al mundo es indescriptible, y
mas en este caso en que se trae al mundo al mismo autor del
mundo y de la vida.
A lo
largo de la historia de la humanidad, el nacimiento de Jesús es
el acontecimiento que mas se recuerda, hombres y mujeres, ricos
y pobres y muchas veces sin interesar su fe, recuerdan de una u
otra manera este nacimiento. Es el acontecimiento que marca un
antes y un después en la historia de la humanidad.
Cuando el
niño nace, es María quien nos enseña a mirarlo y a contemplarlo,
ya que nuestros ojos se habían vuelto incapaces de ver a Dios,
pero ella, por su sencillez, nos muestra el lado humano de Dios.
Imitar a
María en esta sencillez es nuestra tarea de toda la vida, y no
pensemos que es algo fácil, o algo a lograr de un día para el
otro, es una ardua tarea que exige de nosotros dedicación y
esfuerzo, y solo se logra desde la oración constante.
María, la
Madre del Niño Dios, es quien viene a demostrarnos que es
posible engendrar a Jesús en nuestro tiempo y en nuestra
sociedad, viene a poner en nuestros corazones la esperanza de
que un nuevo nacimiento es posible.
Igual que
ayer, hoy María nos presenta a su hijo, pobre y recostado en un
pesebre, excluido del resto de los hombres, pero dispuesto a
transformar el mundo con su presencia en medio nuestro, nos
corresponde a nosotros llegarnos hasta el para gozar de su
presencia y adorarlo.
En medio
de nuestros días agitados, la presencia de María en el pesebre,
debe ser una invitación a hacernos un tiempo para adorar a Dios
hecho niño.
Nada en
este tiempo es mas importante que quedarnos delante de Él a
gozar de su presencia, de la presencia de este Dios que se hace
hombre, y hombre entero, desde la niñez hasta su muerte.
Todo lo
humano, desde ese momento, pasa a formar parte de la vida de
Dios, y todo gracias al si de Aquella que no se guardó nada de
su vida para si, y se entregó a la voluntad de su creador.
Oremos a
Dios para que nos conceda en esta Navidad, ser testigos de su
presencia en medio de la humanidad.
Eucaristía
es el sacramento de la presencia Real de Dios entre su
pueblo, es el cumplimiento de la promesa de Jesús de estar con
nosotros hasta el fin de los tiempos, de quedarse para alivianar
nuestra carga y nuestro cansancio. Eucaristía es Dios hecho pan.
Unicamente
por el Si de María esto fue posible, solo por la entrega
desinteresada de si misma al Señor, Dios pudo hacerse carne y
habitar entre nosotros para poder después quedarse para siempre.
Cada vez
que celebramos la Eucaristía, María vuelve a engendrar en medio
de la Iglesia a su hijo Jesús, quien se hace presente como
alimento para todos nosotros que peregrinamos en esta tierra, y
todo esto… solo por amor.
Amor es
la causa de todas las entregas, del SI de María a la voluntad
del Señor y de la entrega en la cruz de Nuestro Señor; en este
tiempo es bueno preguntarnos como andamos en el Amor, ya que
como decía la Madre Teresa, hay que “amar hasta que duela”
Recuerda
en cada momento que fue Cristo el primero que amo hasta el
dolor, y mas que el dolor, nos amo hasta la muerte y la pero de
todas las muertes, una muerte de cruz.
Insisto
en esto, Cristo no amo más que a nadie, porque “no hay amor mas
grande que dar la vida por los amigos”, y el no solo nos dio su
vida, sino también todo lo que le quedaba,… a su Madre al pie de
la cruz.
Sin
haberlo imaginado, María se convirtió en ese instante en madre
de toda la Iglesia, es decir en Madre del Cuerpo místico de
Cristo, y así en Madre de la Eucaristía.
Todo amor
engendra vida, y el amor de María engendró la vida en cada uno
de nosotros, pero esa vida necesita ser conservada, por eso
Jesús se quedó con nosotros como el “pan de vida”, como el
alimento para el camino, para que el que coma de su cuerpo tenga
vida eterna.
Imitemos
en este tiempo a María, que no solo recibió a Jesús en su
cuerpo, sino que primero lo hizo en su corazón.
Amar
hasta que duela y para siempre es la misión que brota de la
Eucaristía y aquella que debemos aprender de las manos de María.
|