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¿Adviento y Navidad laicos o cristianos?

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Si saliéramos a la calle y preguntáramos qué es el Adviento, me temo que una gran mayoría no sabría decir que se trata de las cuatro semanas en que la Iglesia se prepara para la Navidad. Y, sin embargo, la gente sí prepara las navidades. Son muchos los que viven con ilusión de cara a la navidad. ¿Será por las vacaciones? ¿Será por los encuentros familiares? ¿Será por las fiestas o los regalos?

Pero, como no es oro todo lo que reluce, hay personas a quienes más bien deprime la llegada de estas fechas, sea por la ausencia de algunos seres queridos, por la soledad u otro tipo de sentimientos que se producen en el alma. Sin embargo, algo tendrá la navidad para que a lo largo de los siglos se haya considerado como un tiempo especialmente gozoso, aunque para muchos ahora no lo sea tanto.

Las grandes y pequeñas superficies comerciales ya se encargan con bastante antelación de anunciar las fiestas navideñas y el personal se hace eco inmediatamente, abasteciéndose y llenando los carros de la compra. En esto consiste para muchos el Adviento, que podríamos llamar laico, del mismo modo que se puede hablar de unas navidades laicas. Pero la verdadera Navidad es otra cosa.

Sol y fiesta Durante los tres primeros siglos del cristianismo no se celebraba la Navidad, aunque sí se celebraba, por todo lo alto, la Pascua. Especialmente en los países del Norte de Europa el veinticinco de diciembre se festejaba el nacimiento del dios Sol por eso de que empiezan a crecer los días. La noche del veinticuatro de diciembre, al igual que la del veinticuatro de junio, era una noche de hogueras y luminarias. Esas luces, colocadas sobre los árboles, se encendían para recibir al dios Sol en su nacimiento. En Roma se celebraban del 17 al 23 de diciembre las Saturnales, unas fiestas en honor de Saturno, algo parecido a los carnavales, en las que la gente se desmadraba y casi estaba mal visto no emborracharse ni cometer excesos. También se encendían velas y se daban regalos.

En el siglo IV ya había en Roma muchos cristianos que, por una parte, no podían participar en estas fiestas paganas, pero tampoco podían suprimirlas. Para ellos el Sol no era un Dios; sin embargo, dado que Jesús es la Luz, el Sol que nace lo alto, decidieron aprovechar estas fechas para celebrar su nacimiento. No importa que no sepamos cuándo nació; lo importante es que nació. Surgió así la celebración de la Navidad. Sin duda el elemento fundamental era la celebración de la Eucaristía. El niño nacido en Belén se encuentra sacramentalmente, hecho pan y vino, en la misa. Dado que la misa se celebraba de cara al amanecer, recibió el determinativo “de gallo”. Unida a la cena familiar, esa nochebuena se convirtió en una fiesta entrañable.

Siglos más tarde, a San Francisco, en Roma, se le ocurre meter en la “misa del gallo” un buey y una mula, así como un niño en un pesebre, al lado de sus padres. Este primer belén viviente sería el inicio de una interminable y universal construcción de belenes.

Otro elemento añadido a estas celebraciones fue la música, los entrañables villancicos. Y todo ello para ayudar a las gentes a vivir el gran misterio de amor del Dios que se hace niño. La gente se sentía especialmente feliz al llegar estas fiestas.

Lo esencial de la Navidad: “Dios con nosotros” Pero he aquí que nuestra sociedad, que pretende organizarse como si Dios no existiera, se está volviendo a las fiestas paganas, guiada por la fiebre de un consumismo insolidario, la destrucción de la familia o la falta de sentido religioso... todo lo cual genera un enorme vacío. Por supuesto, es un gran contrasentido celebrar un acontecimiento, que es esencialmente religioso, al margen de la fe y de la práctica cristiana. Es como si alguien se casara sin amor, sólo por el banquete o los regalos. Pero ya se sabe, la gente tiene tiempo para ir a cenas de Navidad, y no para ir a misa; tiene dinero para llenar los carros de la compra, pero tal vez no para colaborar con la campaña de Cáritas.

Durante muchos años he renunciado muy gustosamente a pasar la nochebuena con mi familia para pasarla en un centro de acogida. Han sido unas nochebuenas muy felices. El último año no pudo ser así, pero me pareció muy oportuno tener la misa con los ancianos de la residencia de mi pueblo. No puedo ocultar la alegría de comprobar que hay personas que se sienten verdaderamente felices, precisamente por tener misa el día de nochebuena. Y es que donde está Dios no hay sensación de vacío.

La auténtica celebración cristiana de la Navidad no puede tener lugar al margen de Jesucristo, presente en la Eucaristía, en su Palabra y en el prójimo. No tiene sentido, por ejemplo, prescindir de las celebraciones litúrgicas, de la escucha atenta de la palabra de Dios. La realidad va desgraciadamente por otros derroteros. Se insiste mucho en los adornos, en los banquetes, en el consumismo insolidario... pero se prescinde de lo genuinamente religioso, como si se volviera a las celebraciones paganas anteriores. Y no lo decimos porque el árbol parezca suplantar al belén, o Papá Noel a los Reyes Magos.

La celebración de la Navidad es mucho más que un recuerdo del pasado. El Hijo de Dios vino a este mundo para quedarse. El mundo estaba mal cuando nació Jesús, necesitado de redención y cambio. Jesús no volverá a nacer en Belén, pero necesitamos que siga naciendo en el corazón de los seres humanos.

 

Fuente: http://www.pseditorial.com/