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AMBIENTACIÓN
Retirarse va muy bien. Nos conviene encontrarnos
con nosotros mismos. Te propongo un retiro de
Adviento. Sí. Cinco días de oración, de
reflexión y de crecimiento interior. El tema:
UNA ESPERANZA QUE NO MUERE. El Adviento es un
tiempo de recordar la esperanza que tenemos. Y
esta esperanza se asienta sobre Jesús de Nazaret.
No importa si conoces o no a Jesús, si eres
mucho o poco creyente. Este retiro es para ti.
Seguro que te servirá del algo. Intenta hacerlo.
Lo
primero de todo, acomoda en tu casa un rincón de
plegaria. ¿Cómo se hace? Pues mira, un ejemplo:
busca un espacio tranquilo de tu casa. Un sitio
donde puedas estar tú y nadie más (a no ser que
quieras hacer el retiro en compañía de otras
personas, que también es posible). Pero lo del
sitio tranquilo es importante. Prepara una
mesita con un mantel. Sobre la mesa una vela
blanca gruesa y a su lado una Biblia. En
círculo, en torno a la vela gruesa y a la
Biblia, coloca cinco velitas más pequeñas.
Procura que cuando vayas a hacer la meditación
la luz predominante sea la de la vela gruesa. Si
necesitas luz eléctrica para leer, intenta que
sea muy suave (una lámpara de noche o algo así).
Cada
día te indicaré lo que debes hacer. Por
supuesto, tú puedes añadir o quitar. Pero sería
mejor que añadieras oraciones o, mejor aún, una
lectura atenta de la Palabra de Dios. Durante el
tiempo de Adviento los libros de los Profetas
(sobre todo Isaías, Jeremías y Ezequiel) son muy
importantes. Busca la mejor hora para ti, pero
intenta ser fiel a ese momento durante los cinco
días. Como si tuvieras una cita muy, muy,
importante. Olvídate de la tele, intenta tener
tu mente y tu corazón dentro de ti y en búsqueda
contemplativa. Aunque estés en tu trabajo, deja
que la paz te inunden y que el efecto de tu
oración anime todo. Procura el silencio y la
quietud interior. A ser posible, esos días,
dedica tu ocio al retiro. Juntos caminaremos y
juntos veremos algo de la luz de Dios que
ilumina en lo más íntimo del corazón. No tengas
miedo, déjate seducir por el misterio que hay
dentro de ti.
DÍA
PRIMERO Enciende la vela gruesa. Y recita
esta oración:
Ven
Espíritu divino, ilumina las entrañas de mi alma
y enciende en mí el fuego de tu amor.
Acomódate. Coge la Biblia y ábrela por el libro
de Isaías, capítulo 64, y lee, tranquilamente,
los versículos del 3 al 7. Coloca la Biblia
abierta por el pasaje que has leído sobre la
mesa. Guarda un momento de silencio... Ahora lee
despacio esta meditación:
MEDITACIÓN
Lo
esencial es invisible a los ojos, por eso para
encontrar lo esencial, lo que de verdad merece
la pena, hemos de arriesgarnos a creer y a
adentrarnos en nosotros mismos para rescatar lo
que de verdad da sentido a todo y lo que de
verdad nos hace vibrar hasta el infinito. Y, al
arriesgarnos, nos situamos al borde del camino,
ese camino por el que aparecerá Él, el que
sostiene nuestra esperanza.
Estamos
en Adviento. Acabamos de estrenarlo. Adviento
significa esperar a alguien que está en camino y
a punto de llegar. ¿Quién viene? ¿Cuándo
llegará? ¿Qué tiene que ofrecernos?
Dicen
algunos que Dios guarda silencio y yo, lo
afirmo, digo que Dios no calla. Dios, el Dios
vivo, el Dios de la historia, el Dios
innombrable y completamente enamorado, habla. Lo
que pasa que habla a través de una Palabra ya
pronunciada. Y no lo digo yo sólo, sino que
también lo afirma la Carta a los Hebreos
(1,1-2):
"Dios
habló en otro tiempo a nuestros antepasados por
medio de los profetas, y lo hizo en distintas
ocasiones y de múltiples maneras. Ahora, llegada
la etapa final, nos ha hablado por medio de su
Hijo, a quien constituyó heredero de todas las
cosas y por quien trajo el Universo a la
existencia".
También
es verdad que la Escritura señala que esta
Palabra que Dios ha pronunciado, no ha sido
escuchada por muchos, aún menos por aquellos que
la esperaban. Así dice Jn 1, 1.10-11:
"Cuando
todas las cosas comenzaron, ya existía aquel que
es la Palabra. Y aquel que es la Palabra vivía
junto a Dios y era Dios. En el mundo estaba y,
aunque el mundo fue hecho por él, el mundo no le
reconoció. Vino a los suyos, y los suyos no le
recibieron;"
Sin
embargo, hubo quien prestó atención. Hubo quien,
inesperadamente, se encontró cara a cara con la
Palabra pronunciada por Dios. Y, según Juan
(1,12): " a los que le recibieron y creyeron en
él les concedió el llegar a ser hijos de Dios".
Porque aquellos que escuchan la Palabra
definitiva de Dios, pronunciada de una vez para
siempre, son testigos de la Verdad y, al acoger
la Verdad, que es la revelación del misterio de
Dios y de lo humano, han sabido que Jesucristo
es el Señor y, al reconocerle, han sido capaces
de descubrir el rostro de Dios y han sido
capaces de captar el amor inmenso de Dios, que
fue capaz de tomar la iniciativa, salir a
nuestro encuentro y, dándose a sí mismo como
prueba, proponernos el ser hijos suyos, entrando
a formar parte de su propio misterio.
La
Palabra de Dios sigue viniendo y los que la
hemos escuchado percibimos que sigue en camino y
se va haciendo cada vez más diáfana, más
impresionante, más silenciosa. En la medida en
que entramos en el centro de la historia, o sea,
en el centro del misterio, en esa medida el
silencio es más profundo, los conceptos van
perdiendo sentido y toda idolatría, toda
mentira, toda limitación, pierde fuerza hasta
desaparecer por completo. Pero la única Palabra
válida, la única que sigue teniendo sentido, la
única que aún puede pronunciarse es Jesucristo
mismo. Vivir como Cristo, es vivir como Dios.
Vivir como Dios es adecuar nuestra vida a su
Palabra, que es Verdad. Porque Jesucristo, que
es la Palabra definitiva de Dios, pronunciada de
una vez para siempre, Palabra viva, no
encadenada, Palabra eficaz, no conceptualizada,
Palabra creadora, no desencarnada,... Jesucristo
es la Palabra no contradicha de Dios.
La
Palabra de Dios llama a la puerta. Lo
impresionante de todo es que él ha sido el
primero en tomar la iniciativa y por su amor
"nos proclama y nos hace hijos suyos" (1Jn 3,1).
Y esta Palabra sin vocablos llama
insistentemente y pide ser escuchada: "Mira,
estoy a la puerta y llamo. Si alguien escucha mi
voz y abre la puerta, entraré en su casa y
comeré con él y él conmigo" (Ap. 3,20). Esta fue
la experiencia de Zaqueo: colocarse al borde del
camino, por donde pensaba que pasaría Él.
Sorprendentemente, fue Jesús quien tomó la
iniciativa de querer entrar en su casa y, en
medio de las críticas de los que supuestamente
estaban con él, se quedó a cenar. Y Jesús se
sentó a la mesa de Zaqueo, comió de su pan y
bebió de su vino. Zaqueo, aquella noche, quedó
seducido por la Palabra que le salió al
encuentro y se transformó en un hombre nuevo.
Fue también la experiencia de María de Magdala,
completamente sumida en la oscuridad, pero
ansiosa de salir de su situación. Cuando intuyó
que Jesús era la Palabra capaz de iluminar su
vida, no tuvo vergüenza de entrar en una casa de
alto abolengo, interrumpir la cena y, sin decir
nada, ponerse al alcance de la Palabra, y María,
habiendo entrado con un corazón lleno de
amargura y oscuridad, pero lleno de esperanza,
salió con un corazón iluminado y lleno de amor.
Sin duda:
la
Palabra se hizo carne y habita entre nosotros (Jn
1,14).
Guarda
un momento de silencio... Recita esta plegaria:
PLEGARIA Y TESTIMONIO
Anda,
pasa. Pasa, anda, no tengo más remedio que
admitirte. Tú eres el que viene cuando todos se
van. El que se queda cuando todos se marchan.
El que
cuando todo se apaga, se enciende. El que nunca
falta. Mírame aquí, sentada en una silla
dibujando...
Todos
se van, apenas se entretienen. Haz que me
acostumbre a las cosas de abajo. Dame la
salvadora indiferencia, haz un milagro más, dame
la risa, ¡hazme payaso, Dios, hazme payaso!
(Gloria
Fuertes) Cuando hayas acabado, enciende una de
las velitas pequeñas. Acomódate bien, coloca tus
manos abiertas hacia el cielo sobre tus rodillas
y guarda un buen rato de silencio, dejando que
tu mente recoja alguna idea clave de las que has
recibido hoy. No fuerces nada. Deja que surja.
Cuando surja algo (aunque sea solo el silencio)
deja que tu alma se recree. Cuando ya notes que
te cansas o que debas dejar la oración, extiende
tus manos en cruz y recita esta plegaria:
Padre
nuestro, que estás en el cielo. Santificado sea
tu nombre. Hágase tu voluntad, así en la tierra
como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada
día. Perdona nuestras ofensas, como también
nosotros perdonamos a los que nos ofenden. No
nos dejes caer en la tentación y líbranos del
mal. Amén.
DÍA
SEGUNDO Enciende la vela gruesa. Y recita
esta oración:
Ven
Espíritu divino, ilumina las entrañas de mi alma
y enciende en mí el fuego de tu amor.
Enciende también la velita de ayer. Acomódate.
Coge la Biblia y ábrela por el libro de
Jeremías, capítulo 31, y lee, tranquilamente,
los versículos del 38 al 40. Coloca la Biblia
abierta por el pasaje que has leído sobre la
mesa. Guarda un momento de silencio... Ahora lee
despacio esta meditación:
MEDITACIÓN
Hay un
grito enorme en el corazón de todo hombre y
mujer, de modo particular en aquellos que buscan
intensamente a Dios y aquellos que desean
escuchar su Palabra. Juan Tauler, un místico del
siglo XIV, que influyó notablemente en San Juan
de la Cruz, y cuyo testimonio seguiremos muy de
cerca en las meditaciones de cada domingo,
formuló muy bien esta pregunta: "¡Oh Dios! ¿En
dónde pronuncias tu Palabra?" (sermón del 2º
Domingo del tiempo de Navidad). La pregunta del
hombre de hoy por Dios, no es más que la
traducción actual de la pregunta que se hacía
fray Juan Tauler, dos siglos antes de que se la
hiciese San Juan de la Cruz. El hombre y la
mujer actuales necesitan oír esa Palabra de
Dios, están sedientos de ella y, sin embargo,
parece que no llega. Los hombres y mujeres de
hoy, muchos al menos, se espantan porque
experimentan el silencio de Dios y, entonces, se
plantean tres posibilidades: olvidarse de Dios y
cerrar los oídos; buscar respuestas en otros
sitios; o quedarse aguardando, a la vera del
camino, en medio de muchas oscuridades.
Dios no
guarda silencio. Dios ha hablado de una vez por
todas y dijo todo lo que tenía que decir. A
quien es capaz de quedarse aguardando, le espera
una larga experiencia de desierto y de silencio,
pero una espera que conduce al encuentro. Quien
es capaz de aguardar, quien es capaz de no
moverse del camino, allí por donde pasará el
Señor, en el momento más inesperado, cuando
piense que el Señor pasará de largo, oirá su
Palabra: "Ven, hoy me hospedaré en tu casa" (Lc
19, 5). El que sabe esperar, el que sabe
permanecer atento, aún en medio de la noche, aún
en medio del frío, de la soledad y del
sufrimiento, le será dado escuchar, "cuando un
sosegado silencio todo lo envuelva y la noche se
encuentre aún en la mitad de su carrera, tu
Palabra poderosa fue enviada desde el cielo" (Sb
18,14). Podrá decir, lo que testimonia el libro
de Job: "a mí se me ha dicho furtivamente una
palabra, mi oído ha percibido su susurro" (Jb
4,12). O lo que decía aliviado el profeta
Jeremías (Jr. 15, 16): "Siempre que se
presentaba tu Palabra, la devoraba; tu Palabra
era para mí un gozo y alegría de mi corazón".
Efectivamente, como dice fray Juan Tauler, allí,
en lo recóndito, en el fondo esencial. Allí
donde se percibe la frontera de lo humano, allí
donde ningún ídolo tiene cabida, donde ninguna
imagen tiene consistencia, donde ninguna palabra
puede pronunciarse, allí, exactamente allí,
donde sólo hay expectación y donde sólo cabe la
esperanza, a pesar de las apariencias en contra;
allí, de una forma inesperada, Dios actúa y se
da en plenitud. Allí donde no hay mediaciones
posibles, ni de ídolos, ni de imágenes, ni de
conceptos, ni de asideros, ni de intereses, ni
de argumentos. Allí, Dios Padre engendra al
Hijo, Dios actúa sin imagen ni semejanza
pronunciando, de una forma definitiva, su única
Palabra.
Hay
creyentes, de fe superficial, que insisten en un
activismo vacío, aunque tal vez lleno de
compensaciones y de éxitos aparentes. Hay
cristianos que, en nombre de un Dios que no
conocen, son capaces de decir con toda certeza
quiénes están en línea con el Evangelio y
quiénes no. Hay creyentes que, apoyados en
liderazgos humanos, sectarizan el Evangelio y
repudian todo lo que no se ajuste a sus
esquemas. Hay creyentes que repudian el mundo,
que es el soporte del trono de Dios, y defienden
un alejamiento de él, alegando que Dios está más
allá que acá. Hay creyentes que se entretienen
en mil cosas, disfrazados de "progres" y
modernos, y descuidan lo esencial. Hay creyentes
que, manteniéndose en una mal entendida
tradición, por no decir pereza, cierran el paso
a la acción del Espíritu de Dios. La crisis que
padece la Iglesia, las comunidades cristianas,
la familia, nuestros jóvenes,... no nace de la
maldad del mundo, un mundo que Dios ha hecho con
sus manos y en el cual se revela hasta hacerse
hombre. Nace de que muchos cristianos han
sustituido la experiencia de Dios disfrazando de
cristianismo a los ídolos de nuestro tiempo. Por
eso, cuando llega el primer golpe, sucumben y
pierden la esperanza. Sólo el hombre y la mujer
que ponen su casa sobre roca, a pesar de las
tormentas y huracanes a que se enfrentarán, sólo
ellos, permanecerán firmes y no sucumbirán. Y la
roca es firme, porque la roca es Cristo, la
Palabra definitiva de Dios. No se necesitan
muchas palabras, sólo una es necesaria y la
única importante. Uniéndome a lo que sugiere
Juan Tauler, diré que, "lo mejor es callar y
dejar que Dios hable aquí y opere dentro".
Guarda
un momento de silencio... Recita estas
plegarias:
PLEGARIA Y TESTIMONIO
¡Tarde
te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde
te amé! Tú estabas dentro de mí, yo fuera. Por
fuera te buscaba y me lanzaba sobre el bien y la
belleza creados por Ti. Tú estabas conmigo y yo
no estaba contigo ni conmigo. Me retenían lejos
las cosas. No te veía ni te sentía, ni te echaba
de menos. Mostraste tu resplandor y pusiste en
fuga mi ceguera. Exhalaste tu perfume, y
respiré, y suspiro por Ti. Gusté de Ti, y siento
hambre y sed. Me tocaste, y me abraso en tu paz.
(San Agustín)
Señor,
si no estás aquí, ¿dónde te buscaré estando
ausente? Si estás por doquier, ¿cómo no descubro
tu presencia? Cierto es que habitas en una
claridad inaccesible. Pero, ¿dónde se halla esa
inaccesible claridad? ¿Quién me conducirá hasta
allí para verte en ella? Y luego, ¿con qué
señales, bajo qué rasgos te buscaré? Nunca jamás
te vi, Señor, Dios mío; no conozco tu rostro...
Enséñame a buscarte y muéstrame a quien te
busca, porque no puedo ir en tu busca a menos
que Tú me enseñes, y no puedo encontrarte si Tú
no te manifiestas. Deseando, te buscaré; te
desearé buscando; amando te hallaré; y
encontrándote, te amaré. (San Ambrosio) Oh,
Señor de mi vida, estaré ante Ti cara a cara.
Con las manos juntas, oh, Señor de todas las
Palabras, estaré ante Ti, cara a cara. Bajo tu
gran cielo, en soledad y silencio con humilde
corazón, estaré ante Ti, cara a cara. ¿En este
mundo laborioso de herramientas y luchas y
multitudes con prisa, estaré ante Ti, cara a
cara? (Rabindranath Tagore)
Cuando
hayas acabado, enciende otra de las velitas
pequeñas. Acomódate bien, coloca tus manos
abiertas hacia el cielo sobre tus rodillas y
guarda un buen rato de silencio, dejando que tu
mente recoja alguna idea clave de las que has
recibido hoy. No fuerces nada. Deja que surja.
Cuando surja algo (aunque sea sólo el silencio)
deja que tu alma se recree. Cuando ya notes que
te cansas o que debas dejar la oración, extiende
tus manos en cruz y recita esta plegaria:
Padre
nuestro, que estás en el cielo. Santificado sea
tu nombre. Hágase tu voluntad, así en la tierra
como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada
día. Perdona nuestras ofensas, como también
nosotros perdonamos a los que nos ofenden. No
nos dejes caer en la tentación y líbranos del
mal. Amén.
DÍA
TERCERO
Enciende la vela gruesa. Y recita esta oración:
Ven
Espíritu divino, ilumina las entrañas de mi alma
y enciende en mí el fuego de tu amor.
Enciende también las dos velitas de ayer.
Acomódate. Coge la Biblia y ábrela por el libro
de Isaías, capítulo 7, y lee, tranquilamente,
los versículos del 10 al 17. Coloca la Biblia
abierta por el pasaje que has leído sobre la
mesa. Guarda un momento de silencio... Ahora lee
despacio esta meditación:
MEDITACIÓN
Aquel
que tenga el coraje suficiente de permanecer a
la espera, aún en medio de muchas oscuridades,
experimentará el gozo de encontrarse,
inesperadamente, cara a cara, con el Señor que
viene. Aquel que se encuentra cara a cara con
Jesús, se encuentra cara a cara, en desnudez,
ante la Palabra misma de Dios. Jesús es,
efectivamente, la Palabra definitiva de Dios.
Otros lo llamarán Sabiduría de Dios. En realidad
Palabra y Sabiduría, en su raíz, significan lo
mismo: ponerse a la escucha de la Verdad y
seguir su camino.
Un gran
teólogo de nuestro tiempo, Karl Rahner, ya
fallecido, decía que el cristiano del mañana
será un místico, es decir, alguien que ha
experimentado algo o, de lo contrario, no tendrá
nada que decir. Efectivamente, uno de los signos
de nuestro tiempo es que hay una incesante
búsqueda de Dios, pero no de un Dios filosófico,
o de un Dios formulado con definiciones
retóricas. Sino que se busca al Dios vivo, al
Dios que es. Por eso, más que grandes teorías,
más que grandes ejercicios piadosos, más que
grandes estructuras, la renovación de la vida
cristiana, es decir, la renovación de nuestra
esperanza, pasa por la experiencia de Dios. Y
esta experiencia de Dios pasa por el encuentro
personal con Jesucristo, que es su Palabra, su
manifestación humana. La auténtica manifestación
humana de Dios. No lo dudes, Jesús viene, está
de camino, hemos de salirle al paso, situarnos
al borde del camino si queremos encontrarnos con
él.
Descubrir a Jesús significa comenzar un
itinerario de espera, una espera confiada.
Supone ponerse a la escucha, a la escucha de ese
susurro del Espíritu de Dios que nos hace
percibir el eco de los pasos de Jesús. Jesús
viene, está viniendo. La Palabra de Dios se ha
pronunciado de una vez para siempre y sigue
resonando. Dios no está mudo, sino que ya ha
dicho todo lo que tenía que decir. No es que
Dios no hable, es que no se le escucha. Por eso,
el primer paso para salir al camino de la Vida
es ponerse a la escucha, y eso requiere guardar
silencio. Y guardar silencio supone entrar en
una dimensión de interioridad y de intimidad a
la que no estamos acostumbrados y a la que
muchos tienen miedo. Guardar silencio requiere
todo un proceso.
El
silencio supone tomar conciencia de los ruidos y
descubrir la sed y la urgencia de la búsqueda de
eso esencial que es invisible a los ojos. El
silencio supone un ejercicio de interiorización.
La interiorización exige, además, darse cuenta
de los obstáculos, de los ruidos que nos
estorban, de las distracciones que tenemos, de
todo aquello que frena este impulso de búsqueda.
Pero supone, también, descubrir que aún en medio
de esos ruidos y obstáculos, ese eco de la
Palabra pronunciada de Dios sigue llegándome,
como un susurro lejano, pero ahí está.
Poco a
poco, a medida que vaya tomando conciencia de
los ruidos y obstáculos, iré siendo capaz de
deshacerme de ellos. A veces no podré yo solo, y
necesitaré la ayuda de otros que ya hayan
emprendido la búsqueda. Por eso es tan
importante la comunidad cristiana y los
distintos ministerios y carismas que el Señor ha
depositado en ella. Hay hermanos y hermanas
capacitados por Dios para discernir los signos
de los tiempos y las dificultades del corazón.
Son los profetas. Hay hermanos y hermanas
capaces de intuir la acción de Dios en la vida
de cada uno. Hay hermanas y hermanos capaces de
guiar y conducir, orientar, sanar y reconciliar
y aglutinar la comunidad entorno al Señor que se
celebra: son los moderadores de la comunidad.
Hay hermanas y hermanos que han optado por un
seguimiento más estrecho y por un esfuerzo más
exclusivo por adentrarse en esa interioridad y
descubrir lo que Dios dice: son los religiosos.
Hay hermanas y hermanos que son capaces de
acercarse a las fronteras del dolor y de la
muerte para llevar un poco de paz y de vida: son
los que se esfuerzan en los actos de amor al
prójimo. Hay hermanas y hermanos que saber darse
y compartir la vida por amor y construir una
comunidad de amor: son los esposos... Poco a
poco, a medida que vamos yendo hacia la
profundidad, vamos descubriendo su impresionante
atractivo.
El
silencio es el ámbito privilegiado del encuentro
con Dios. Nuestra fe es débil porque no ha
experimentado al Señor, no se ha encontrado cara
a cara con Jesucristo. Nuestra confianza se
fortalece en la medida en que, desde el silencio
del corazón, percibimos los ecos de sus pasos
que vienen hacia nosotros. El Señor viene, ya se
acerca. La Palabra de Dios va haciéndose cada
vez más audible, en la medida en que silenciamos
nuestras voces sin sentido.
Esperar
al borde del camino, confiando en el alba.
Esperar significa salir a la intemperie y a una
situación de provisionalidad. Esperar significa
aguardar, a pesar de las apariencias en contra.
Él ya está de camino, ya se acerca... ¿no oís
sus pasos en la lejanía? ¿No sentís el soplo de
su aliento, como una suave brisa? Esperar
significa adentrarse en la noche y, tal vez,
distanciarse de los otros que prefieren seguir
caminando sin rumbo, porque la espera les aturde
y les aburre. La experiencia de Dios no está
rodeada de milagrismos extáticos, sino de una
consciencia madura y valiente de la propia
pobreza y de la propia oscuridad. El que espera
tiene la confianza de que llegará el momento del
encuentro y, a partir de entonces, todo será
nuevo, todo será definitivo, todo será
diferente. El que espera abre su corazón a una
plegaria de confianza que no tiene muchas
palabras, sólo silencios, sólo esperas. Esperar,
salir al camino, y, como Zaqueo, subirse a un
árbol, si es necesario, y quedarse quieto, hasta
que él pase, hasta que él descubra mi espera,
hasta que él, la Palabra única y verdadera,
decida quedarse en mi casa y compartir mi mesa.
Guarda
un momento de silencio... Recita pausadamente y
con entonación, esta plegaria:
PLEGARIA Y TESTIMONIO
Hasta
que llegue el alba te aguardaré impaciente
entonando himnos de alabanza.
Hasta
que llegue el alba estaré en vilo, vigilante,
para percibir los ecos de tu mensaje.
Hasta
que llegue el alba, apoyado a la puerta de mi
casa, soñaré que te detienes y me hablas.
Hasta
que llegue el alba, aún en medio de la noche,
dejaré encendida mi lámpara.
Hasta
que llegue el alba permanecerá firme mi
esperanza de contemplarte cara a cara.
Hasta
que llegue el alba, aunque el temor me ronde,
invocaré sin cesar tu nombre: hasta que llegue
el alba.
Hasta
que el alba asome, y aunque la espera se
prolongue, yo seguiré aguardando tu llegada:
hasta que llegue el alba.
Cuando
hayas acabado, enciende otra de las velitas
pequeñas. Acomódate bien, coloca tus manos
abiertas hacia el cielo sobre tus rodillas y
guarda un buen rato de silencio, dejando que tu
mente recoja alguna idea clave de las que has
recibido hoy. No fuerces nada. Deja que surja.
Cuando surja algo (aunque sea solo el silencio)
deja que tu alma se recree. Cuando ya notes que
te cansas o que debas dejar la oración, extiende
tus manos en cruz y recita esta plegaria:
Padre
nuestro, que estás en el cielo. Santificado sea
tu nombre. Hágase tu voluntad, así en la tierra
como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada
día. Perdona nuestras ofensas, como también
nosotros perdonamos a los que nos ofenden. No
nos dejes caer en la tentación y líbranos del
mal. Amén.
DÍA
CUARTO RECORDEMOS QUE ESTE DÍA ES NUESTRA SEÑORA
DE GUADALUPE (al final del este apunte del
retiro encontramos para este día las oraciones a
nuestra Madre)
Hoy
necesitarás papel y bolígrafo. Una vez lo hayas
preparado, colócalo cerca de ti y prepárate para
el retiro de hoy. Enciende la vela gruesa. Y
recita esta oración:
Ven
Espíritu divino, ilumina las entrañas de mi alma
y enciende en mí el fuego de tu amor.
Enciende también las tres velitas de ayer.
Acomódate. Coge la Biblia y ábrela por el libro
de Isaías, capítulo 9, y lee, tranquilamente,
los versículos del 1 al 6. Coloca la Biblia
abierta por el pasaje que has leído sobre la
mesa. Guarda un momento de silencio... Ahora lee
despacio esta meditación:
MEDITACIÓN
Pero la
experiencia de Dios tiene varias etapas. Todos
los grandes místicos lo dicen. Y si ellos,
grandes buscadores de la Palabra, lo diceN, debe
ser cierto. En este proceso hay una acción del
Dios que viene, misteriosa, pero eficaz.
Recogiendo el testimonio, hecho predicación, de
Juan Tauler, a propósito del salmo 42 ("como
busca la cierva corrientes de agua viva, así mi
alma te busca a ti, Dios mío"), y de Jn 7,37
("Si alguno tiene sed venga a mi, y beba"),
decía más o menos lo siguiente: La sed de Dios
va acompañada de un sentimiento de hastío, de
impotencia y de cierta desgana. Incluso, después
de una fuerte experiencia llena de euforia,
porque da la impresión de que se palpa a Dios,
suele darse una situación de hastío, de asco, de
sequedad, de profunda duda y de unas ganas
tremendas de mandarlo todo a la porra. Juan
Tauler describe esto con una imagen teatral:
"Algunos no pueden contener el fervor y el
corazón sufre la herida de amor. ¡Tan fuertes e
intensas son las maravillas de Dios! Pero Dios,
moderador de las cosas, viendo que alguno
excesivamente atraído por sus gracias se
aficiona demasiado, procede con ellos como buen
y prudente padre de familia, que tiene en casa
abundancia de vinos generosos. Terminado el
banquete, se levanta de la mesa, deja el vino y
se retira un poco a descansar. Sus hijos, entre
tanto, bajan a la bodega y beben de aquel vino
hasta embriagarse. Al levantarse el padre se da
cuenta y prepara todo tipo de utensilios para
devolverlos a la serenidad. Todo lo que hace el
padre es para que se acabe la embriaguez". De
este modo, la experiencia de sequedad y hastío
devuelve la sobriedad, y la experiencia de Dios
se encarrila, no por cauces de sentimentalismos
eufóricos y, en cierto modo, enfermizos, sino
por la vía de la madurez y del progreso correcto
de la persona en su experiencia de Dios. Así,
poco a poco, nos vamos disponiendo al encuentro
y vamos despojándonos de todo lo que estorba, de
todo lo que puede desvirtuar la Palabra de Dios,
de todo lo que puede impedir que cuando pase
delante de nosotros no nos reconozca y pase de
largo. Cuando habla del encuentro con Dios, Juan
Tauler no duda en decir que, quien se adentra en
el misterio de la contemplación y empieza a
percibir al Dios que buscaba, al Dios vivo, se
da cuenta de que ha estado buscando a Dios muy
lejos y dando muchos rodeos. El encuentro con
Dios introduce en una dimensión inesperada y
difícil de describir. El encuentro con el Dios
que habla definitivamente, cuya Palabra
escuchamos de una manera nueva, produce un
efecto curioso: da la impresión de que la
multiplicidad desaparece, de que todos los
ruidos y obstáculos se desvanecen y nos
adentramos en una experiencia de unidad y
armonía. Aún así, en esta percepción novedosa de
la presencia del Dios que viene a nuestro
encuentro, hay tinieblas y la certeza de no
haber conseguido plenamente verle cara a cara.
Pero la luz que percibimos de su presencia en
nuestras vidas, de su comunicación con nosotros,
esa luz es esencial, si bien sigue siendo
invisible a los ojos. Nos encontramos como aquel
caminante cansado que llega a la fuente y se
sienta a reposar y se deleita tan sólo con el
hecho de estar allí y beber del agua que le
restablece la vida. El mismo Juan Tauler,
hablando de su propia experiencia exclama, como
sin poder contenerse: "¡Oh fuente cristalina de
aguas dulces, transparentes, frescas, como son
los manantiales antes de correr al calor de los
aires y del sol! Cuán delicioso es beber de este
agua manantial. ¿Quién lo podrá expresar?
Querría beber a boca llena, hundido hasta la
garganta, pero en vano aquí me esfuerzo,
mientras espero. Entre tanto, me sumerjo en el
abismo de la divinidad y allí me fundo, como las
aguas se filtran en la tierra". El Señor viene,
la Palabra única pronunciada por Dios,
Jesucristo, está de camino. Viene cada día, cada
noche, cada tarde, en el momento más inesperado.
Sólo el que sabe esperar tendrá el privilegio de
encontrarse con Él. No conocemos su rostro, ni,
como los discípulos de Emaús, sabemos muy bien
de dónde viene y hacia donde va, ni cómo se
presentará. Pero para el que se afirma en la
confianza del Dios que ha pronunciado una
Palabra definitiva, la espera es de por sí toda
una experiencia de bienaventuranza, de alegría,
de transfiguración. La esperanza, decía otro
contemplativo del siglo XIII, llamado fr. Tomás
de Aquino, es el deseo de ver la Verdad, de ver,
con nuestros propios ojos a aquel que nos
sostiene, a aquel al que buscamos. La fe nos
prepara a ver aquello que no percibimos, decía
otro gran buscador de Dios llamado Agustín de
Hipona. Y es la confianza de esa luz lejana e
incompleta que percibimos, la que nos hace
permanecer a la espera. La oración es la mejor
manera de mantenernos al borde del camino.
Confiando que la Palabra pronunciada por Dios
nos sea regalada. La oración nos prepara y nos
alienta y abre el camino para que el que está
viniendo se detenga ante nosotros y quiera
quedarse en nuestra compañía. La oración no está
hecha de palabrería ni erudición, sino de
silencios y de escuchas llenas de confianza. El
Señor está viniendo, lo sentimos, lo
necesitamos, lo percibimos... Él viene. Salgamos
al borde del camino, esperemos a que él pase y
se detenga. Quien permanezca fiel en la búsqueda
y no se aleje del borde del camino, quien
aliente con la plegaria el deseo de este amor
infinito, quien mire al horizonte con confianza
y no se aparte del camino, ése, sin duda, verá
colmada su esperanza. Ser cristiano es ponerse a
la escucha de la Palabra definitiva de Dios, es
salir a la intemperie, situarse al borde del
camino, esperar a que pase el que viene. Ser
cristiano es encontrarse con Jesucristo y
Jesucristo es el Señor.
Guarda
un momento de silencio... Lee este testimonio:
PLEGARIA Y TESTIMONIO
¿Quién
es Jesús para mí? ¡Respuesta imposible! Es
grata, sin embargo la alegría de repetir lo que
en ocasiones tan diversas nunca cesó de surgir
en mí: Jesucristo fue desde el principio y sigue
siendo un "ambiente". Es un «ambiente» hallado
en todas partes, en las miserias y en las
fiestas, en el campamento y en los talleres.
Estoy seguro que no procedía de mí, de que no
era yo el que lo creaba. Veo a Jesucristo vivo y
lo identifico, activo y oculto en los caminos y
en cada ambiente de fraternidad. La seguridad
que ahora me une a Él se ha forjado en la dura
esperanza y en la amable amistad de innumerables
hermanos. Jesucristo es una «clave», la única
coherencia de lo que, fuera de Él, se dispersa
en todas direcciones. Sin Él, el pobre y el
inocente están perdidos. Y la historia está
también perdida. No sé cómo, pero con Él se
iluminan las desdichas lo mismo que si las
bañara un sol oculto. Rescata a los inocentes y
los alivia; rescata, asimismo, como a través del
fuego, a los verdugos, que somos todos nosotros.
Para mí, Jesucristo es una sed, un clamor. El
grito que lanzó un día sobre la cruz y que nada
podrá extinguir. Lo oigo día y noche, grito del
hombre moribundo, el clamor de los pueblos
masacrados, del inocente atropellado. Esto
significa que Jesús me llama y que yo lo llamo.
No abrigo la menor duda de ello. Y estoy seguro
también de que Jesús no necesita ser
identificado para ser reconocido y para
reconocernos. Jesucristo es como la sirena de
incendio que en la noche nos lanza fuera de la
cama y nos hace correr, jadeante, hacia los
siniestrados. Jesucristo, para mí, es nuestro
lazo de unión. (Joseph Robert, sacerdote obrero)
Ahora,
coge papel y bolígrafo. Intenta expresar lo que
Jesús significa para ti y por qué depositas en
Él tu esperanza. Anota las dificultades o los
avances. Intenta descubrir dónde encuentras tú
habitualmente a Jesús. Y qué estás dispuesto a
hacer para mejorar tu relación con Él. Cuando
hayas acabado, enciende otra de las velitas
pequeñas. Acomódate bien, coloca tus manos
abiertas hacia el cielo sobre tus rodillas y
guarda un buen rato de silencio, dejando que tu
mente recoja alguna idea clave de las que has
recibido hoy. No fuerces nada. Deja que surja.
Cuando surja algo (aunque sea solo el silencio)
deja que tu alma se recree. Cuando ya notes que
te cansas o que debas dejar la oración, extiende
tus manos en cruz y recita esta plegaria:
Padre
nuestro, que estás en el cielo. Santificado sea
tu nombre. Hágase tu voluntad, así en la tierra
como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada
día. Perdona nuestras ofensas, como también
nosotros perdonamos a los que nos ofenden. No
nos dejes caer en la tentación y líbranos del
mal. Amén.
DÍA
QUINTO ENCUENTRO CON JESÚS
Hasta
aquí, has meditado sobre el Verbo Encarnado. Y
has descubierto, seguramente, que Jesús tiene
mucho que aportarte. Te propongo ahora un
autoejercicio de contemplación, sumamente útil,
si te lo tomas en serio y con calma. Es un
ejercicio de meditación. Sigue las instrucciones
y todo irá bien. Enciende, por este orden, la
vela gruesa, y mientras recitas la oración, una
por una las otras velas pequeñas:
Ven
Espíritu divino, ilumina las entrañas de mi alma
y enciende en mi el fuego de tu amor.
Guarda
un momento de silencio e intenta repasar las
grandes ideas que te hayan impactado en estos
días de retiro. Ahora, colócate en una postura
cómoda. Intenta concentrar tu mente. Respira
hondo. Al inspirar siente cómo el aire penetra
en tus pulmones y te infunde vida y paz. Al
expirar date cuenta de cómo te liberas de un
peso y dejas sitio para el aire nuevo. Acompasa
tu respiración, concéntrate bien en ella.
Llénate de aire y de vida. Procura fijar tu
mirada en un punto concreto. Si te es mejor,
cierra los ojos un momento, hasta que te sientas
en paz, con la mente en blanco, sin nada en qué
pensar. Cuando creas que estás a punto, sigue
adelante en el ejercicio, tal y como se te
indica aquí. Los puntos suspensivos quieren
decir que te detengas y medites hasta que tú
veas que debes seguir la meditación que se te
propone. Te sugiero que no la interrumpas en un
punto y otro, sino que la hagas toda, aunque te
dure tiempo. Seguramente descubrirás cosas
inauditas y tendrás el deseo de volver a hacer
este ejercicio que puedes repetir cuantas veces
lo desees. Vamos allá.
Mi
relación con Jesucristo es de suprema
importancia, porque soy su discípulo... Quiero
profundizar en esta relación con él. Quiero
conocerle mejor... Imagino que Él me ha invitado
a encontrarme consigo y me está esperando en lo
alto de una solitaria montaña... y salgo de
inmediato... ¿Qué sentimientos nacen en mi
interior cuando pienso que pronto me voy a
encontrar con él?... En la soledad de mi montaña
me entretengo en contemplar la llanura que se
extiende allá abajo... y, de pronto, tomo
conciencia de que Él está ahí, conmigo... ¿De
qué manera se me muestra?... ¿Cómo reacciono
ante su presencia? ... Le hablo y le hago
comentarios sobre nuestra amistad. Primero lo
negativo: los sentimientos de duda..., de
desconfianza..., temor..., resentimiento... Mi
amigo se convierte en una carga cuando me
plantea exigencias que no deseo satisfacer;
cuando se hace absorbente; cuando me niega lo
que deseo o necesito... Si albergo
resentimientos o temores en mi interior, mi
relación puede mejorar tomando conciencia de
ellos. Así pues, me pregunto si Jesús es una
carga; ¿es la clase de amigo cuyas exigencias
producen sentimientos de culpabilidad?... ¿Es la
clase de amigo que me presiona, que me pide
cosas que no estoy dispuesto a hacer?... ¿Es el
tipo de amigo que me da miedo, que me inquieta
por sus actitudes o exigencias?... ¿Es el tipo
de amigo que restringe mi libertad?... Si es
así, se lo digo abiertamente... y escucho su
respuesta... Ahora me pregunto ¿qué adjetivos
definirían mejor nuestra amistad? Puede ser que
sean negativos, ambiguos e incluso
contradictorios... pero si responden a la
realidad me ayudarán a profundizar en la
relación. Me pongo en diálogo con Él y decidimos
qué imágenes simbolizan mejor nuestra amistad...
Pasamos del presente al pasado. Pienso en lo que
Jesucristo ha significado para mí en mi niñez...
y en las diferentes etapas de mi crecimiento
como persona humana... Pienso en los altibajos
por los que ha pasado nuestra relación.... Pero
una relación de amistad y encuentro exige algo
más: exige que yo ponga en claro mis
expectativas con respecto al otro. Intento
pensar qué es lo que espero de Jesús de Nazaret...
Qué deseo de Él.... Qué me gustaría que Él
hiciese por mí.... Se lo digo abiertamente...
También le pregunto lo que Él espera de mí... El
tiempo se va agotando... Él tiene que marcharse
pero, antes, nos miramos y nos preguntamos por
el futuro... ¿Qué clase de futuro deseamos que
tenga nuestra relación?... ¿Estoy dispuesto a
mantener nuestra relación?... ¿Lo está Él?...
¿Qué podemos hacer al respecto?... Poco a poco
su presencia se desvanece... y me quedo un
tiempo solo en la montaña.... Durante unos
instantes saboreo el encuentro y compruebo mi
estado de ánimo... ¿Cómo me siento después del
Encuentro con Jesús?... ¿Qué sentimientos
noto?... ¿Corren por mi cabeza mil ideas e
imágenes desordenadas o, por el contrario, tengo
una sensación de paz y de silencio?... Comienzo
a bajar de la montaña. Noto mis pies pesados,
como sin ganas de irme, pero he de volver al
camino de la vida... Allí en la realidad de mi
vida humana me encontraré muchas veces con
Jesús... Me pregunto: ¿seré capaz de
reconocerle, de dialogar con él?... Me hago el
propósito de que subiré a la montaña a menudo
para seguir charlando amistosamente... Mientras
tanto, surge dentro de mi una cancioncilla...
JESÚS
ES LA VERDAD Y EL CAMINO, LA LUZ QUE ILUMINA MI
DESTINO
Mientras vas volviendo a la normalidad, no dejes
de retener en tu mente la imagen de Jesús y
ora...
DIA
12 DE DICIEMBRE – DIA DE NUESTRA SEÑORA DE
GUADALUPE, PATRONA DE AMÉRICA LATINA.
Los que
vivimos en Latinoamérica pedimos que nos ayuden
en la oración, para que la violencia reinante en
todos nuestros países, sean aplacados por la
gracia de Dios.
Finalizada la práctica del retiro, una vez que
hayas rezado el Padrenuestro elevemos nuestras
oraciones a María. Siguiendo el estilo del
triduo sin rosario, ya que hemos hecho nuestra
meditación.
HIMNO Ayer, Alba en el alba, subiste
presurosa Por servir a tu prima, cual sierva
ante los siervos. Hoy a México bajas, cual Rosa
misteriosa Para anunciar al indio que en sus
ratos acervos.
Jamás
estará solo; porque jamás, oh Madre, Has sido en
nuestra historia cobarde subterfugio; Porque tu
eres la esclava ante el Hijo del Padre: ¡Tú el
regazo y el puente; tu defensa y refugio!
Eres
cifra y compendio de nuestra patria suave; Eres
signo y substancia de nuestra nueva raza; Eres
lámpara y cuna, eres báculo y ave, Eres vínculo
y nudo, eres tilma y casa.
Por tus
manos en hueco, patena de ternura, Consagrados
al Padre de todos los consuelos, Por el Hijo, en
la llama quemaste la amargura Del sudor hecho
lágrimas y el júbilo hecho anhelos. Amén.
PRECES Alabemos a Dios Padre todo Poderoso,
el creador por quien se vive, y digámosle:
Señor, por quien vivimos, escucha nuestras
plegarias. Bendito seas, Señor del universo, que
en tu inmensidad nos enviaste a la Madre de tu
Hijo, -para llamarnos a la fe y hacernos
ingresar a tu santo pueblo. Te bendecimos,
Señor, porque ocultaste tu mensaje a los sabios
y prudentes según el mundo -y lo revelaste a los
pequeños, a los que son tenidos por
insignificante y despreciables concédenos ser,
como Juan Diego, embajadores tuyos muy dignos de
confianza, -que llevemos a todos los hombres y a
todas las naciones tu mensaje de amor y de paz.
Tú que, con la presencia de María, haces brillar
los riscos como perlas y las espinas como el
oro, -haz que el amor de la Santísima Virgen
María nos transforme en otros Cristos. Haz que,
como Juan Diego, seamos siempre fieles al culto
divino y a tus mandatos, -para que merezcamos,
también nosotros, que la Virgen María nos salga
al paso en el camino de nuestra vida. Una
intención particular -Señor por quien vivimos,
escucha nuestras plegarias
AVEMARÍA......
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