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EL PINO DE NAVIDAD
María
Eugenia Coeymans
La Navidad en
los países del norte es en invierno. Y en aquéllos más
cercanos al polo, los árboles dejan caer sus hojas
aprontándose a resistir el frío y las nevazones. Pinos,
abetos, cipreses y araucarias mantienen su follaje
intacto.
Los lugareños, instauraron la tradición de iluminar y
adornar esos únicos árboles verdes para acompañar los
pesebres con Jesús Recién Nacido. Los países del Sur, en
pleno esplendor estival, con árboles cargados de frutas
multicolores, miraron la tradición y les gustó.
Prefirieron el pino para adornar sus nochebuenas.
Por eso don Arturo, el jardinero, tenía algunos
preparados especialmente para la ocasión. Eran cuatro
pinos azules, de crecimiento lento y hermoso follaje con
ramas que crecen y se arrastran por el suelo.
Cada día don Arturo limpiaba las malezas, los regaba al
amanecer y cuando se ponía al sol. Se mantenían frescos
y sanos.
También les hablaba:
-cuando crezcan, ustedes irán a decorar algún lindo
jardín. Acompañarán a Jesús en Navidad y tendrán una
familia que los cuide, porque yo estaré viejo para
hacerlo.
Al escucharlo, los pinos agitaban sus ramas.
El tiempo pasó y tres de ellos se convirtieron en
hermosos ejemplares, listos para ser trasplantados a
terreno definitivo.
Uno en cambio, era de naturaleza más débil y enfermiza.
Don Arturo lo protegía del sol con una sombrilla y le
daba vitaminas.
Aún así, crecía poco. Seguía bastante más pequeño que
sus hermanos y éstos se reían de él:
-apunta hacia arriba, empínate a ver si nos alcanzas...
-extiende tus ramas; así te verás más fuerte...
-le faltó hierro a tu tierra, por eso tus ramas son tan
pálidas...
Y el pino bajaba aún más sus ramas y se empequeñecía con
los comentarios. Tanto las bajó, que una cercana al
suelo se quebró. Sintió un fuerte tiritón y luego oyó un
¡crash!
Don Arturo escuchó el ruido y corrió a ver.
-¡Vaya! ¡vaya! ¡qué lástima pinito! ¡cómo estás herido!
Veré si puedo ayudarte...
Con cuidado cogió la rama para unirla al tronco, pero no
pudo. Pesaba mucho y no había como mantenerla adherida.
La retiró y aplicó una resina para cubrir la parte
desgarrada.
El pino quedó con su falda dispareja. Se ruborizaba
cuando pensaba en su apariencia, pero no había nada que
hacer.
Los otros pinos detuvieron sus burlas.
-Ya es demasiado que sea tan pequeño. Y ahora con una
rama rota... Dejémoslo tranquilo. Alguien se compadecerá
de él.
Ese año, don Arturo preparó la exhibición de su trabajo
de tanto tiempo. Puso en hilera los tres pinos grandes y
un poco más atrás, el pequeño.
-Creo que seré el primero en ser elegido porque mi color
brilla más -anunció uno.
-Pienso que yo, pues mis ramas se arrastran con más
elegancia -rebatió el otro.
-Se equivocan. Seré yo, porque mi punta está más recta
-agregó el tercero.
Pasó un rato, y llegó una señora buscando su pino de
Navidad.
-Buenos días -dijo Don Arturo-. Estos tres son muy
finos. Tienen varios años, y ni la lluvia ni el calor
los ha dañado. Observe sus ramas, su porte, su señorío.
La señora comentó:
-son maravillosos, lo felicito. Los tres pinos irguieron
sus hojas y estiraron aún más su tronco.- Pero valen más
de lo que puedo pagar. Muchas gracias.
Llegó un señor muy elegante quien los revisó uno a uno,
y se mostró muy interesado:
-me gustan mucho- dijo. Aunque son aún pequeños para lo
que deseo.
Vino luego, una familia con tres niños que corrían de un
lado a otro, mientras sus padres examinaban los árboles.
-Son muy grandes para nuestro terreno ¿no tiene alguno
más pequeño?
Don Arturo titubeó un poco. Recordó el pino dañado y
dudaba si mostrarlo. Finalmente dijo:
-vean éste. Es débil y no tiene el brío de los otros...
En ese momento, Rafael, uno de los niños, gritó:
-¡este mamá! ¡este sí que es lindo! Mira tiene el
espacio justo bajo sus ramas para colocar el Nacimiento.
El corazón del pino golpeteó su pecho al escucharlo.
-Sí, hijo. Pero está muy pálido... No resistirá las
luces.
-Mamá, piensa... se verá precioso en nuestro jardín en
Nochebuena -agregó Gabriel-. Su color es hermoso.
-Lo veo muy frágil. No creo que dure otra temporada. Yo
quiero uno que esté con nosotros largo tiempo.
-Señora, es pequeño y parece delicado. Pero tiene ya
varios años y si los niños lo quieren estoy seguro que
se fortalecerá. Llévelo... yo se los regalo.
-Muchas gracias por su generosidad. Lo llevaremos, pero
deseamos pagar su precio pues es su trabajo de años.
Don Arturo acarició el pino y luego lo entregó a su
nueva familia. El pequeño árbol sintió que su punta se
estiraba y sus ramas se erguían en un intento de
abrazarlos a todos. |