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FLOR DE NOCHEBUENA
María
Eugenia Coeymans
El joven
seminarista recién llegado al Viejo Mundo, lejos de su
tierra y de su hogar se apronta a dar lo mejor de sí en
su camino al sacerdocio de Cristo. Hace mucho frío en el
lugar pues se acerca el invierno; anochece temprano y el
viento llega más y más gélido.
Esa noche es la vigilia de Adviento y en la mesa, a la
hora de comida, Carlos, junto a sus compañeros enciende
una de las cuatro velas que anuncian la cercanía del
nacimiento de Jesús. El sacerdote que les acompaña
regala a cada uno de ellos una planta con una flor roja
mientras les dice:
- Un sacerdote cuida la vida de las personas que le son
encargadas por Dios. Mientras tanto ustedes cuiden esta
flor y manténganla fresca y lozana como regalo para
Jesús en Navidad.
Carlos la recibe y lleva a su habitación. La coloca en
el antepecho de su ventana, en un lugar protegido del
viento y la riega. Cada mañana luego de su oración
matinal vuelve a regarla con tanto entusiasmo que en un
par de semanas los pétalos, con el exceso de agua, se
ponen mustios y sin vida. El joven no sabe qué hacer
para revivirla y por más que piensa no encuentra
respuesta.
Ese día, mientras se dirige a la plaza del pueblo ve un
anciano de larga barba, muy andrajoso y sin abrigo,
tiritando de frío. Se saca el poncho de lana, traído de
su tierra, que lleva como abrigo y lo pone sobre él, le
saluda con afecto y conversa un rato. Luego prosigue su
camino. Más tarde, de regreso en su habitación, se
sorprende al ver, a través de los vidrios, que un pétalo
de su flor había recobrado su vigor.
Al día siguiente, un compañero suyo amanece enfermo con
fiebre muy alta y se queda a su lado colocando paños
húmedos en su frente y dándole de beber hasta la noche.
Al irse a dormir, muy cansado, descubre un segundo
pétalo de su flor fresco y lozano.
Pasa un día más. Esta vez guarda el pan de su desayuno
para un inmigrante sin trabajo que pide limosna a la
entrada de su universidad. De regreso en su habitación
ve un nuevo pétalo firme y rojo.
El cuarto día va a hacer clases de matemáticas a un
grupo de niños de un orfanato y luego juega con ellos.
En la noche encuentra varios pétalos más revividos.
Pasan los días y talla un pez de madera como regalo para
su superior, ayuda a pintar la Capilla del barrio; toca
la guitarra y canta para animar a sus compañeros. Uno a
uno los restantes pétalos recobran su frescura.
Llega Nochebuena y al mirar su Pointsettia la ve entera
fresca, lozana, llena de vida. Da un profundo suspiro,
la coge con cuidado y la pone junto al Pesebre de la
Capilla recién pintada, mientras dice en voz baja:
- Señor, no supe cuidar esta flor. Sólo tú sabes por qué
revivió y te la ofrezco como regalo navideño. Perdona mi
descuido y torpeza.
En ese instante, se escucha un coro de voces formado por
el anciano, el inmigrante, los niños del orfanato, el
superior, sus compañeros, cantando Gloria a Dios,
mientras un rayo de luna cae sobre la imagen del Niño
Dios y se refleja en la frente del seminarista.
Pasan las estaciones y al llegar el otoño la plantan en
la tierra al lado de la capilla. Crece como un arbusto
sano y firme floreciendo cada Navidad.
Carlos termina sus estudios y regresa al Nuevo Mundo.
Allí cada vez que puede regala a quienes ama una
Pointsettia, Flor de Nochebuena. |