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La Paz del mundo y la paz de Cristo
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*Adele González

“Les dejo mi paz, les doy mi paz. La paz que yo les doy no es como la que da el mundo. Que no haya en ustedes ni angustia ni miedo”. (Juan 14,27).

Durante las temporadas de Adviento y Navidad acostumbramos a desearnos la paz unos a otros. Un gran número de tarjetas de Navidad mencionan la venida del “Príncipe de la paz”, o del “Reino de la paz”.

El 1 de enero se celebra la Jornada Mundial de la Paz, y oramos para que ella reine en nuestros corazones y en el mundo. Parece que todos deseamos vivir en paz, especialmente después de los acontecimientos del 11 de septiembre, la guerra actual contra el terrorismo y las tensiones que se viven por el conflicto entre judíos y palestinos.

Pero, ¿qué es la paz? ¿Qué estamos pidiendo cuando nos reunimos para pedir que la paz reine en nuestro mundo?

La promesa de Jesús de darnos su paz presenta un reto para mí. ¿Por qué aclara que la paz que El nos da “no es como la que da el mundo”? ¿Por qué este contraste?

En varias citas de los evangelios, Jesús nos ofrece su paz como uno de los dones del Espíritu que El ha de enviar. En el evangelio de Juan, la promesa del Espíritu concluye con estas palabras de consuelo: “Les dejo la paz, les doy mi paz”. La palabra paz Shalom es la fórmula judía de saludo y de despedida y significa mucho más que un simple deseo de que no haya guerra. Shalom expresa la armonía, la unidad y la comunión con Dios que son los signos de su Alianza. También para los cristianos esta palabra tiene un hondo significado.

La Carta a los Efesios (2,14) nos dice que “Cristo es nuestra paz”. Es decir, Cristo nos revela el amor incondicional de Dios y nos invita a una relación de amistad con Dios. Es esta comunión de amor con nuestro Creador la que nos permite vivir “en paz”.

La paz de Cristo es una tranquilidad espiritual que no se parece en nada a la que da el mundo.

Esta paz no quiere decir que no voy a experimentar contratiempos en la vida, que le voy a caer bien a todos, o que voy a estar “contenta” todo el tiempo. La paz que Cristo nos da es El mismo, la revelación total del Dios que es amor. (1 Juan 4,16).

Cuando conocemos el amor de Dios y entendemos que venimos de Dios y vamos a Dios, los sufrimientos se hacen menos pesados, porque sabemos que Dios está con nosotros en medio del dolor, los miedos y las angustias.

Aunque esta paz es gratuita, requiere que yo me abra a ella para que sea efectiva. Si no le abro los brazos, se quedará como un regalo de Navidad que nunca se abrió.

La paz que da el mundo es fácil: vete al cine, escucha la radio o la televisión todo el día, ve de compras y gasta más de lo que tienes. Toma en exceso, usa drogas, huye del dolor y vive a tu manera y dile a los que te piden ayuda que te dejen vivir en paz.

Esa no es la paz que Cristo nos da, ni por la que pedimos todos el 1 de enero. La paz verdadera exige fidelidad a la Alianza con Dios: no hacernos falsos dioses y ayudar a los necesitados.

El Santo Padre nos envía un mensaje por la Jornada Mundial de la Paz todos los años. En el primer párrafo de su mensaje del 2001 aparece esta cita evangélica: “Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor”. Parece que en este año vivimos las consecuencias de los actos de muchos que no han conocido a Dios.

Al comenzar el año 2002 con sus promesas y sus amenazas, Jesús nos pide apertura a su Shalom, su paz. La tradición franciscana en nuestra Iglesia nos ha dejado una oración que nos podría servir de guía:

“Que donde haya odio, ponga yo amor… Donde haya injuria perdón… Donde haya duda, fe. Señor hazme un instrumento de tu paz”.

Que no haya en nosotros ni angustia ni miedo.

 

*Subdirectora de la Oficina de Ministerios Laicos de la Arquidiócesis de Miami y profesora de teología en la Universidad Barry. Tiene un doctorado en Ministerios.