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LOS TRES PASTORES
María
Eugenia Coeymans
Tres jóvenes de
rostro y manos curtidos por el aire y el sol se
encuentran en unas planicies cercanas a una aldea
Allí tienen sus rebaños y dedican sus días al pastoreo
arriando ovejas, corderos, cabras y carneros de un
predio a otro, en busca de mejores pastos y agua fresca
para el calor.
Mientras los animales pastan, ellos, tendidos bajo la
sombra de un naranjo, de un cedro o de un olivo comen,
conversan sobre las muchachas de la aldea y contemplan
la pureza del cielo.
Uno de los pastores, Sit, disfruta tallando madera seca
de cedro y con un afilado cuchillo le da la forma de un
pez de cola larga y cubierto de escamas.
Otro, Rur, toca la flauta para llamar sus ovejas y
llenar la soledad de sus noches silentes. Su música
alcanza el cielo y se devuelve en fulgores de estrellas.
El tercer pastor, Lem, poeta de alma, entona salmos
acompañado de su cítara.
Es tarde ya y los tres pastores se aprontan, también, a
dormir.
La noche es una noche clara, por la transparencia del
aire y nitidez de la estrellas, y oscura por la ausencia
de la luna.
Un silencio sobrecogedor cae en el ambiente.
Sit, Rur y Lem se miran inquietos y corren a ver su
rebaño.
Este duerme.
Es cerca de la medianoche y el aire está frío pues llega
el invierno. Caminan para entrar en calor y luego
regresan a su tienda y se acuestan.
La inquietud persiste y el sueño no viene. La nostalgia
sí lo hace, pues esta noche, especialmente esta noche,
quisieran estar en casa para celebrar la Nochebuena
junto al pesebre familiar.
Pero están en la campiña a cargo de sus corderos y
ovejas, cabras y carneros y no pueden abandonarlos.
Escucharon que merodea en la región un lobo hambriento y
temen por sus vidas.
En medio del silencio, se oye un aullido.
Saltan rápido y van a proteger su rebaño. Este continúa
dormido.
En la oscuridad una estrella brilla mucho más que las
restantes. Al mirarla se encandilan y quedan
enceguecidos. En sus pupilas sólo ven la silueta de una
mujer con su hijo recién nacido en brazos. A su lado, el
padre acaricia la pequeña cabeza.
No temen ya por su rebaño sino por esa familia y corren
a defenderla del lobo. Al llegar jadeantes a la cima del
cerro encuentran al lobo, echado, contemplando al Niño
quien le sonríe. Junto a ellos varios pastores avanzan
sin miedo portando presentes en sus brazos: corderos,
ovejas, cestos de frutas, panes... Sit, Rur y Lem se
acercan también. Temblorosos aún, no saben qué ofrecer
al Niño.
Sit recuerda el pez que acaba de tallar y que guarda en
el bolsillo de su pantalón. Lo coge con cuidado, le da
un beso y lo deja a los pies del pesebre. Rur coge su
flauta y toca su canto de llamada a las ovejas.
Luego, Lem toma su cítara y recita su salmo favorito en
voz alta. Al terminar grita: “todo cuanto respira alabe
al Señor”. En ese instante la creación entera despierta.
Balan la ovejas, rebuzna el burro, muge el buey, trinan
las aves, aúlla el lobo, cantan los pastores. Vuelve el
silencio. Los jóvenes salen de su encandilamiento y
miran las estrellas. Una, aún brilla mucho más que el
resto, y su luz resplandeciente cae sobre el rostro del
Recién Nacido quien dirige sus ojos sonrientes hacia
ellos. Con sus manos le envían un beso.
Tranquilos y contentos regresan a su pastoreo. Esta
Nochebuena vieron al propio Niño Dios.
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