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EL TROMPO DE NAVIDAD
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María Eugenia Coeymans
 

Cecilia era muy pequeña cuando lo conoció. El trompo tenía un pie de acero sobre una base de goma y un mango para darle cuerda. En cuanto empezaba a girar, se oía Noche de Paz. Sobre su cubierta tenía dibujado un pesebre de Belén: María, el Niño y San José. Un desfile de pastores con ovejas, otros animales y frutos para el Recién Nacido. También se acercaban los Reyes en actitud de adoración con oro, incienso y mirra.

Durante su niñez, las Navidades fueron animadas con el baile y sonido del trompo. Ella, sus padres y hermanos permanecían en muda contemplación. Cada Nochebuena fue así.
Pero, un día, el trompo se extravió. Nadie supo cómo, ni adónde fue a dar. ¡Que pena tuvo Cecilia!

Año a año, en Navidad, aumentaba su nostalgia. Buscó y buscó, aunque fuese un trompo parecido. No había nada igual.

Pasó el tiempo. Se casó y tuvo un solo hijo: Rodrigo. Lo amó con toda su alma. Pero, cerca de Navidad, empezaban las peticiones del niño. Las vitrinas exhibían juguetes que atraían su atención. El se ponía exigente. ¡Quería tenerlo todo!

Sus padres intentaron darle gusto: podían hacerlo. Cuando Rodrigo tuvo nueve años su papá quedó sin trabajo y no pudieron dar respuesta a sus deseos.

-Quiero una bicicleta. Y también uno soldados de juguete. ¡Ah! Y no olviden la pistola cósmica!... –decía el niño cada vez que podía.

Ese año, sus padres le explicaron a Rodrigo que sería una Navidad distinta, que estarían juntos como de costumbre, pero no habría regalos como en ocasiones anteriores. Su situación económica no lo permitía.

Rodrigo creyó a medias:

-¡No puede ser verdad! –se dijo-. Algo me darán...

Y cada vez que pudo, volvió a plantear sus exigencias. Ellos, entre uno y otro trabajo temporal, ahorraron dinero para comprarle un regalo. Pero, no alcanzaba para lo que él pedía.

Recorrieron muchos lugares buscando algo de acuerdo a sus posibilidades. Y, en tanto viaje, llegaron a una feria de juguetes nuevos y usados. En medio de todos ellos, con gran sorpresa para la madre, descubrieron un trompo idéntico al de su niñez. Tan igual, que supo que era de ella... ¿Cómo habría llegado allí...? ¡Sólo Dios sabría!

-¿Cuánto vale, señor? –preguntó Cecilia al dueño del local.

Y éste contestó:

-Es un trompo muy antiguo, señora. Verá usted, está en perfecto estado, escuche su música.

Y los sones de Noche de Paz la transportaron, en un instante, a sus queridas navidades.

-Por favor, ¡dígame cuánto vale! Quisiera llevarlo para mi hijo...

-Señora, vale mil pesos –respondió el dueño.

-Es más de lo que tenemos, no podemos llevarlo... Gracias de todas maneras –dijo la mujer, con sus ojos llenos de lágrimas a punto de caer.

El dueño del negocio la miró. Entonces, le preguntó:

-¿Cuánto podría ofrecerme por él? Me gustaría que usted se lo lleve...

-Sólo tenemos quinientos, señor, y es mucha diferencia.

-Señora, ¡es Navidad! Llévelo por ese precio.

La mujer rompió a llorar. Las palabras salieron apenas:

-Muchas gracias, señor, muchas gracias. ¡Qué feliz estará nuestro hijo! ¡Feliz Navidad!

Ya en casa prepararon el Nacimiento como de costumbre. Envolvieron el trompo con mucho cuidado. ¡Quedó convertido en un precioso paquete de regalo!

Luego de una oración junto al pesebre familiar, llegó el momento de entregarlo.

Rodrigo lo abrió con entusiasmo. Esperaba encontrar algo de lo que había pedido. Y vio el trompo. Junto con su desilusión, le pareció que el tiempo se detenía y creyó soñar.

El tropo giraba vertiginosamente. Las figuras dibujadas en la superficie, cobraron vida y saltaron. Primero el pesebre, luego el burro y el buey. Enseguida la Virgen, el Niño y San José. Continuaron los pastores y, al final, los Reyes.

Cada personaje caminó con un regalo en sus brazos para el Recién Nacido. Un pastor llevaba una oveja muy lanuda sobre sus hombros; otro, una ovejita recién nacida y, un tercero, una cabra. Los demás portaban cestos de frutas, verduras y grano seco para alimentarlo. Todos llevaban algo. También los Reyes.

Rodrigo miró la escena durante un rato. Y cuando Gaspar, Melchor y Baltazar llegaron junto al Niño, se dio cuenta que sólo a él le faltaba saludar... ¡No tenía nada para ofrecerle!
-¿Qué puedo hacer? No tengo nada en mis manos, no tengo mucho en mi corazón. ¿Qué puedo ofrecer al Niño?

Y de tanto pensar, descubrió que podía ofrecerle algo. Al menos, una promesa. Llegó su turno. Se acercó al Recién Nacido y le dijo:

-He venido con mis manos vacías y mi corazón también. Pero, al ver a los pastores y reyes ofreciéndote lo que tenían, mi corazón se transformó. ¿Puedo ofrecerte, como regalo pascual, mi deseo de ser mejor y hacer lo imposible para lograrlo?

El Niño lo miró sonriente, le guiñó un ojo y levantó sus manos para abrazarlo...

En ese momento, Rodrigo abrió sus ojos. Miró las caras de sus padres, quienes aún no sabían si le habría gustado o no el trompo. Lo tomó, le dio cuerda con mucha fuerza y durante largo rato escuchó como hipnotizado su música. Luego, corrió y los besó diciéndoles:

-¡A El también le gusto mi regalo...!