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CAMINO A BELÉN
María
Eugenia Coeymans
En las afueras
de una pequeña aldea, vivía una familia campesina
dedicada al cultivo del trigo y cebada. También crecían
allí los olivos, naranjos y granados de jugosa fruta.
Sus únicas posesiones eran la tierra, la casa y un par
de bueyes buenos para el arado y arrastre de su carreta.
Un buey era mucho mayor que el otro y le gustaba
conversar con el más joven. Se sentía limitado en su
recorrido por el campo y hacia la aldea. Le dolía no
haber vivido nada extraordinario en su larga existencia.
No tuvo esposa, no fue padre. Sólo sabía caminar lento
al paso de su compañero enyuntado por años. Todos los
vecinos lo conocían y saludaban pues era muy dócil.
Tanto, que le llamaron Manso.
Su mayor alegría era llevar niños de paseo. Los oía reír
y cantar. Se enteraba también de las noticias del lugar
cuando comentaban el nacimiento de un bebé, el
matrimonio de una joven, la muerte del más anciano del
pueblo, el buen rendimiento de un viñedo, o la pérdida
de una cosecha de trigo.
Cuando caía al sol, su amo lo sacaba del yugo y arriaba
al establo. Allí pasaba la noche acompañado del buey
joven. Comían paja y bebían agua. Luego cerraban sus
ojos y se dormían.
Al amanecer siguiente, regresaban a su yunta y rutina.
Una mañana, el granjero los guió camino a la aldea.
Llevaban como carga fardos de paja para el dueño de una
posada.
Al llegar allí, oyó la voz de su amo, más ronca que de
costumbre:
-Este buey está viejo y cansado. Necesito un lugar donde
dejarlo reposar. A mí me espera otro buey joven.
-Déjelo en la pesebrera –respondió el posadero. Ahí está
sólo el burro. Puede ser buena compañía. Tienen agua y
alimentos.
-No creo que sea por mucho tiempo. Usted sabe, a sus
años...
El buey agachó su cabeza mientras lo soltaban de su
yunta. Miró a su amigo como despedida y cerró sus ojos.
Sintió un palmoteo conocido en su lomo: las manos de su
amo. Con voz temblorosa le dijo:
-Gracias, viejo amigo. Descansa tranquilo. Te visitaré
cada vez que venga a la aldea y te traeré pasto fresco.
Manso abrió sus ojos nuevamente, inclinó la cabeza y se
dejó arriar por el posadero hacia la pesebrera.
Allí, se echó enfrente del burro quien lo saludó con un
rebuzno moviendo sus orejas. El buey respondió con un
suave mugido. Estaba tan cansado que se resignó a pasar
sus días en ese lugar, lejos del encanto de su tierra y
las risas de los niños del campesino. Añoró las noches
estrelladas y el brillo de la luna sobre los olivos.
Pasó un rato y se durmió, mientras el burro bostezaba y
caía, también, en un sueño profundo.
Una hora después escucharon la voz del posadero:
-Este es el único lugar donde pueden reposar. Está todo
lleno. Al menos aquí estarán bajo techo protegidos del
frío y viento.
Y vieron entrar una hermosa joven encinta acompañada de
su esposo, quienes se sentaron sobre sus túnicas de lana
tendidas en la paja, luego de orar juntos un rato.
Un agradable silencio descendió en el lugar y el buey se
durmió de nuevo.
De pronto, una luz brillante lo despertó. Se alzó para
mirar mejor. Logró al fin ver...
En brazos de la joven estaba un Recién Nacido irradiando
luz y a su lado el padre le contemplaba. Hacia frío y no
tenían mucho abrigo para El.
Manso se acercó al burro y con su pata lo despertó. Este
abrió sus ojos, grandes, muy grandes, y miró fijamente
la luz que emanaba del Niño.
Juntos se acercaron al Recién Nacido y con su aliento
entibiaron el ambiente.
La Madre, agradecida, extendió su mano sobre el lomo del
burro, quien rebuznó quedamente. Luego, acarició al
buey, quien se estremeció y dio un largo, largo suspiro,
mientras feliz inclinaba su cabeza y dirigía su aliento
nuevamente hacia el Niño. |