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La fe es la clave para
recuperar la magia de la Navidad
Arzobispo John C. Favalora
¿Alguna vez han
notado cómo se iluminan los ojos de un niño al mencionar
la Navidad? ¿Han deseado volver a sentir esa emoción una
vez más?
La magia de la
Navidad parece desvanecerse según envejecemos. Los
regalos pierden su lustre. La obligación supera la
expectativa.
Para muchos, la
Navidad se ha convertido en un agitado mes de agobios:
comprar regalos, envolver regalos; comprar tarjetas,
enviar tarjetas; planificar fiestas, asistir a fiestas;
cocinar y limpiar, empacar y desempacar.
¡Con razón
tenemos tanto estrés y estamos tan deprimidos!
Hasta los niños
dejan de emocionarse cuando ya no creen en Santa Claus.
Pareciera que hay menos regalos bajo el árbol, que hay
menos que anticipar.
¿Cómo pueden
los adultos recobrar la ilusión y la alegría que
disminuyen con la inocencia de la niñez?
Quizás la fe
sea la palabra clave. Lo que mantiene a los niños
emocionados por la Navidad es lo que ellos creen: que
recibirán regalos, que Santa complacerá sus deseos y
encontrará la manera de entrar a su casa. De hecho,
ellos creen tanto, que hasta escuchan a los renos en el
techo de sus casas y oyen ruidos en la sala.
¿En qué
creemos? ¿En Santa o en Jesús?
Si Santa es
nuestra imagen de la Navidad, es fácil perder nuestra
fe. Las cosas materiales pueden entretenernos por un
tiempo, pero nunca nos darán satisfacción.
¿Creemos que
Jesús es el mayor regalo de todos, que Él es Emmanuel,
“Dios con nosotros”, la realización de nuestros más
intensos anhelos?
¿Creemos que Él
vino al mundo como un niño, que vivió entre nosotros,
que trabajó arduamente como carpintero, que predicó a lo
largo del Mar de Galilea, y que enseñó fuera del templo
en Jerusalén?
¿Creemos que Él
sanó a los enfermos, que resucitó de entre los muertos,
y que consoló a los afligidos?
¿Creemos que
tomó nuestra carga, que sufrió nuestro dolor, que lloró
por su amigo Lázaro, y que al final murió para que
viviéramos eternamente con Dios?
¿Ha encontrado
Jesús el camino a nuestros corazones?
¿Escuchamos su
voz?
A menos que
creamos en Jesús con todo nuestro corazón y toda nuestra
alma, de la manera en que creíamos en Santa cuando
éramos niños, la Navidad no nos volverá a parecer mágica
o emocionante.
Debemos ver la
Navidad con la fe de un niño. Debemos confiar en la
bondad del Señor, que “nos ve cuando dormimos y sabe
cuándo estamos despiertos”.
Nunca podemos
perder la fe en Cristo por nuestra edad. Dios nunca
puede ser superado en generosidad. Él siempre nos
sorprenderá.
Que puedan
encontrar el mejor regalo en el pesebre esta Navidad.
Que Cristo encuentre la manera de entrar en sus
corazones y permanecer en ellos para siempre. Que la
Navidad les colme de alegría, no sólo por los regalos
que recibirán, sino porque ‘tanto amó Dios al mundo que
envió su único hijo’ para que viviera entre nosotros y
nos redimiera del pecado.
Eso es mejor
que Santa bajando por la chimenea.
¡Feliz Navidad!
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