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HABLANDO CON DIOS
Por Claudio de Castro
A veces me levanto en la madrugada y de
alguna forma estoy rezando. Es como si mi alma rezara mientras
duermo. Despierto y la descubro orando, y me uno a la oración,
que me trae paz y sosiego.
"Bendice, alma mía, al Señor, y todo mi ser a
su santo nombre. Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus
beneficios. El perdona todas tus culpas y cura todas tus
enfermedades; el rescata tu vida de la fosa, y te colma de
gracia y de ternura..." (salmo 102)
Casi siempre son salmos, de los que me he
aprendido las estrofas que más me impresionan. Sobre todo ésta,
que es un canto de amor al Padre y que me recuerda la necesidad
que tengo de su Amor.
"Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo, mi
alma está sedienta de ti; mi carne tiene ansia de ti, como
tierra reseca, agostada, sin agua". (salmo 62)
Es una experiencia hermosa, inexplicable, que
te lleva a comprender, de alguna manera, la unión vital del
hombre con Dios.
Dios y uno.
Suelo asomarme por la ventana.
Hay un silencio tan profundo que impacta.
Sólo la brisa fresca hace su presencia, en
esos momentos de adoración, y te envuelve, como el abrazo de
Dios.
Y el corazón agradecido le dice:
“Gracias Señor. Por tus bondades. Por tu amor
de padre”.
Estoy muy cansado, pero no deseo perderme ese
instante de unión con el Padre. Porque me habla con inmensa
ternura: en los árboles, el viento, las estrellas... y me dice
cuánto nos ama.
Me recuesto en la cama y me voy quedando
dormido, del cansancio.
Repito en mis labios la oración que tanto me
gusta:
"Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo, mi
alma está sedienta de ti..."
Despierto y ha salido el sol.
Me nace agradecerle tantos favores: “gracias
señor”.
Y emprendo un nuevo día, mientras se
despiertan los hijos y bajamos a desayunar, con alegría y
confianza.
¡Qué bueno eres Señor!
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