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SER VECINO DE JESÚS
Por Claudio de Castro
Por algún motivo Jesús me ha concedido una
gracia muy particular: ser su vecino.
Cuando era niño, frente a mi casa, las
Siervas de Maria tenían una capilla hermosa y pequeña, donde se
respiraba la santidad y la paz. Podías experimentar la presencia
de Dios en cada esquina, en cada banca, en cada ventana.
Solía cruzar la calle temprano, cada mañana,
para visitarlo. Me encantaba saber que era mi vecino, y que era
Dios, escondido en un pedacito de pan.
A los años me casé y frente a mi casa se mudó
el Opus Dei. Construyeron un oratorio acogedor que te invitaba a
la oración. Allí tenían al Santísimo Sacramento.
Su ventana posterior, la del sagrario, daba
justamente con la mía, la de mi cuarto, del otro lado de la
calle. Y desde mi ventana me asomaba para saludar a Jesús.
Era una sensación especial, saberlo mi
vecino, el creador de todas las cosas, el hijo de Dios.
En ocasiones le miraba por la ventana
imaginando que él también me miraba. Y nos sonreíamos y nos
saludábamos.
Su presencia irradiaba paz, serenidad,
gracia.
Disfrutaba mucho cuando lo visitaba. Y nos
quedábamos charlando y hasta nos reíamos discretamente, por la
alegría que nos brotaba del alma.
Tenía la costumbre de saludarlo antes de ir
al trabajo. Me detenía en la entrada del edificio mirando hacia
el oratorio, al otro lado de la calle. Lo hacia casi sin darme
cuenta y le hablaba perdiendo el sentido del tiempo. Al lado
había una oficina. Los empleados solían llegar muy temprano y en
cierta ocasión uno se me acercó: —Disculpe — me dijo con
curiosidad — ¿Qué hay enfrente? — ¿Por qué lo pregunta? —le
dije. —Es que usted todas las mañanas se para donde está y se
queda viendo la casa de enfrente, sin decir nada, solo la mira.
—Es que allí está Jesús Sacramentado –le expliqué – y antes de
ir a trabajar lo saludo. Le digo que lo quiero. —Hace bien —
respondió y se quedó pensativo.
Ahora me he vuelto a mudar. Lo primero que
hice fue conocer las Iglesias cercanas. Visitar a Jesús en cada
Sagrario y saludarlo.
Como Jesús no vive enfrente, me basta
imaginar un Sagrario y transporto mis pensamientos hacia allá. Y
me quedo un rato en adoración, en silencio, pensando en las
cosas de Jesús, su amor, su simpatía, su alegría, su cercanía de
amigo y hermano.
Mi gran amigo. Mi mejor amigo.
Te parecerá una tontería pero ya le dije: —Me
mudé Señor, ahora te toca a ti ¿Vas a ser mi vecino?... siempre
lo has sido.
Ahora estoy a la espera, de mi amigo y
vecino. |