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Es Navidad
- I
Textos de san Josemaría sobre la Navidad
Cuando llegan las Navidades, me gusta
contemplar las imágenes del Niño Jesús. Esas figuras que nos
muestran al Señor que se anonada, me recuerdan que Dios nos
llama, que el Omnipotente ha querido presentarse desvalido, que
ha querido necesitar de los hombres. Desde la cuna de Belén,
Cristo me dice y te dice que nos necesita, nos urge a una vida
cristiana sin componendas, a una vida de entrega, de trabajo, de
alegría.
No alcanzaremos jamás el verdadero buen
humor, si no imitamos de verdad a Jesús; si no somos, como El,
humildes. Insistiré de nuevo: ¿habéis visto dónde se esconde la
grandeza de Dios? En un pesebre, en unos pañales, en una gruta.
La eficacia redentora de nuestras vidas sólo puede actuarse con
la humildad, dejando de pensar en nosotros mismos y sintiendo la
responsabilidad de ayudar a los demás.
Es a veces corriente, incluso entre almas
buenas, provocarse conflictos personales, que llegan a producir
serias preocupaciones, pero que carecen de base objetiva alguna.
Su origen radica en la falta de propio conocimiento, que conduce
a la soberbia: el desear convertirse en el centro de la atención
y de la estimación de todos, la inclinación a no quedar mal, el
no resignarse a hacer el bien y desaparecer, el afán de
seguridad personal. Y así muchas almas que podrían gozar de una
paz maravillosa, que podrían gustar de un júbilo inmenso, por
orgullo y presunción se trasforman en desgraciadas e infecundas.
Cristo fue humilde de corazón (Cfr. Mt 11,
29). A lo largo de su vida no quiso para El ninguna cosa
especial, ningún privilegio. Comienza estando en el seno de su
Madre nueve meses, como todo hombre, con una naturalidad
extrema. De sobra sabía el Señor que la humanidad padecía una
apremiante necesidad de El. Tenía, por eso, hambre de venir a la
tierra para salvar a todas las almas: y no precipita el tiempo.
Vino a su hora, como llegan al mundo los demás hombres. Desde la
concepción hasta el nacimiento, nadie -salvo San José y Santa
Isabel- advierte esa maravilla: Dios que viene a habitar entre
los hombres. "José y María camino a Belén", de William Hole. La
Navidad está rodeada también de sencillez admirable: el Señor
viene sin aparato, desconocido de todos. En la tierra sólo María
y José participan en la aventura divina. Y luego aquellos
pastores, a los que avisan los ángeles. Y más tarde aquellos
sabios de Oriente. Así se verifica el hecho trascendental, con
el que se unen el cielo y la tierra, Dios y el hombre.
¿Cómo es posible tanta dureza de corazón, que
hace que nos acostumbremos a estas escenas? Dios se humilla para
que podamos acercarnos a El, para que podamos corresponder a su
amor con nuestro amor, para que nuestra libertad se rinda no
sólo ante el espectáculo de su poder, sino ante la maravilla de
su humildad.
Grandeza de un Niño que es Dios: su Padre es
el Dios que ha hecho los cielos y la tierra, y El está ahí, en
un pesebre, quia non erat eis locus in diversorio (Lc 2, 7),
porque no había otro sitio en la tierra para el dueño de todo lo
creado.
Es Cristo que Pasa, 18
Nuestro Señor se dirige a todos los hombres,
para que vengan a su encuentro, para que sean santos. No llama
sólo a los Reyes Magos, que eran sabios y poderosos; antes había
enviado a los pastores de Belén, no ya una estrella, sino uno de
sus ángeles (Lc 2, 9). Pero, pobres o ricos, sabios o menos
sabios, han de fomentar en su alma la disposición humilde que
permite escuchar la voz de Dios.
Es Cristo que pasa, 33
"Hoy brillará la luz sobre nosotros, porque
nos ha nacido el Señor". Es el gran anuncio que conmueve en este
día a los cristianos y que, a través de ellos, se dirige a la
Humanidad entera. Dios está aquí. Esa verdad debe llenar
nuestras vidas: cada navidad ha de ser para nosotros un nuevo
especial encuentro con Dios, dejando que su luz y su gracia
entren hasta el fondo de nuestra alma.
Es Cristo que pasa, 12
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