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Érase una vez una bonita casa en
el campo. En ella, dos niños vivían con sus padres junto
a su canario Bartolo. Alguien más viviría con ellos, un
ratoncito pequeñito se había acomodado en un agujerito
de una de las paredes y una bonita casa se había
fabricado.
Los dos niños querían mucho a su
canario, y todo tipo de cuidados le eran otorgados.
Mucha comida y mucho agua, y todo tipo de regalos, hasta
que una lujosa jaula le habían proporcionado.
El ratoncito Florentino sentía
envidia de la vida del canario, todos lo adoraban y a él
lo perseguían a diario. A duras penas lograba esconderse
en su refugio, mientras que el canario cantaba
felizmente.
Un día todos los miembros de la
familia al campo se marcharon, y el ratoncito y el
canario en casa se quedaron
- Siempre cantando. ¡Qué me
gustaría ser canario! tan feliz todo el día- le decía el
ratoncito al canario
- ¿Eso crees? Mi mayor sueño es
ser libre como lo eres tú, cada día veo como corres por
la casa de un lugar a otro y yo sigo siempre aquí, sin
poder ver el mundo
- ¿Por qué cantas entonces?
- Esta es mi vida y en ella he
aprendido a ser feliz
- Pero no eres tan feliz entonces
- Sí, lo soy, pero me gustaría ser
libre como lo eres tú
- A mí me gustaría ser tú, no te
falta el agua ni la comida, tienes todo tipo de
comodidades
Así estaban los dos animalitos,
deseando estar en el lugar del otro, sus vidas no les
gustaba, pero los niños con sus padres regresaron a
casa, y el canario seguiría en su jaula y el ratoncito
en su madriguera.
Cada día el canario recibía todo
tipo de alimentos y elogios, su canto animaba a todos
los habitantes de la casa.
El ratoncito Florentino veía desde
su madriguera cómo a su amigo Bartolo le daban todo tipo
de comodidades y él deseaba todo aquello que él no
poseía.
Un día, el ratoncito Florentino se
armó de valor y se dijo a sí mismo
- Hoy empieza un nuevo día, voy a
tener las comodidades de Bartolo, cueste lo que cueste
Cada minuto de su vida la pasó el
ratoncito Florentino trabajando por ese sueño, todo tipo
de objetos recogía de la casa, una bonita tela le
serviría de cortinas, un trozo de madera convertiría en
puerta, en una mesa y varias sillas, varios utensilios
serían sus cubiertos, y mucha agua y comida robaba a
diario de la cocina.
- Te van a pillar Florentino, ten
cuidado, no necesitas tanto y tu vida arriesgas todos
los días- le decía su amigo el canario desde su jaula
- Eso es porque me tienes envidia,
no quieres que viva como tú, con todo tipo de
comodidades
Así cada día, el ratoncito
Florentino su vida en peligro ponía y las palabras de su
amigo nunca oía. Todo tipo de objetos y comida cada día
cogía y al llegar la noche tan cansado estaba que ni
hambre tenía, no disfrutaba de nada de lo que tenía y al
llegar el día nuevamente en marcha se ponía. Su bonita
madriguera llena de todo tipo de artilugios tenía,
muchos de ellos no sabía para qué servían, pero a pesar
de todo allí los ponía, pues una madriguera de gran
comodidad nada le puede faltar.
Los dueños de la casa escamados
los tenía, en el vestido de la abuela un agujero
aparecía, el dedal, los juguetes de los niños, la casa
de muñeca con sus mesas y sillas, hasta una puerta no
estaba donde debería. Lo mismo les ocurría con la bebida
y la comida, la marca de unos dientecitos en ellos se
veía.
Tan escamados estaban que una
solución buscaban. Uno de guardia siempre estaría hasta
que al ladrón tuvieran entre sus garras.
El canario Bartolo sabía que sus
dueños algo tramaban y a su amigo el ratoncito le
avisaría. A la mañana siguiente Florentino se disponía a
salir
- No salgas esta mañana, los
dueños de la casa algo traman, confórmate con lo que ya
tienes
Pero el ratoncito Florentino caso
no le hacía
- Solo me envidias porque soy
libre y ahora tengo tanto como tú
Así que con oídos sordos, el
ratoncito Florentino siguió con su labor de acumular y
acumular, pero no iría muy lejos ese día pues uno de los
niños al acecho permanecía y en sus garras pronto lo
tendría. El ratoncito gritaba y gritaba- soltadme,
soltadme, no volveré a quitaros nada más- pero nadie le
entendía.
El niño llamó a todos que pronto a
su alrededor estarían
- Era un ratoncito de campo ¿qué
hacemos con él?- a su madre el niño le decía
- Lo quiero fuera de esta casa,
mucho daño ya hacía
- No volveré a hacerlo nunca más,
de verdad, yo nunca miento- pero al ratoncito nadie
entendía, solo ruiditos de su hocico procedían
El canario Bartolo mucha pena
sentía pues su amigo en apuros se veía. Abrió la puerta
de su jaula con el pico, y cantando y revoloteando a los
humanos distraía. El ratoncito Florentino de las manos
del niño se escurría y con mucha prisa corría, pero
pronto fue de nuevo capturado y su vida en peligro
sentía
- De nuevo te tenemos- el padre en
su mano nuevamente capturado lo tenía
- Ya es hora de que te marches
ladronzuelo- le decía la madre al ratoncito que muy
enfadada la tenía
Pero su niño pequeño consuelo no
sentía
- Mamá, mi canario, se ha ido, yo
quiero a mi canario, qué vuelva- el niño con mucha pena
lloraba y lloraba y su madre no sabía como calmarlo
podría
Desde las manos de su esposo el
ratoncito de campo con sus ojitos la miraba y parecía
que el perdón este le pedía
- Nunca más volveré a hacerlo- el
ratoncito le decía
- No llores más, hijo mío- la mamá
a su pequeño le decía- Bartolo se ha ido pero en su
lugar a este ratoncito colocaremos
Así ocurrió que el canario, que en
su jaula toda su vida había estado, libre ahora se veía,
y el ratoncito que tanto había anhelado vivir como el
canario su lugar ocuparía.
A partir de ese momento, todos los
elogios, comodidades, comida y agua que el canario
recibía para el ratoncito Florentino serían, pero pronto
cuenta se daría que perder su libertad ni por todas las
comodidades del mundo la pena merecían. Él había deseado
la vida de su amiguito y tanto cuanto él tenía, y ahora
que todo eso poseía nada de aquello feliz le hacía.
- Bartolo ¿dónde estarás ahora?
Cuánto echo de menos tu melodía de cada día, tu alegría
y tus consejos
- Pues aquí me tienes- de la
ventana aparecía de repente su amigo el canario Bartolo
y con alegría el ratoncito le recibía
- Qué alegría volver a verte,
cuánto de menos te he echado y cuanto siento no haberte
escuchado, si lo hubiera hecho no estaría aquí encerrado
- Pero eso era lo que tú querías,
mucha comida y mucho agua, todo tipo de comodidades en
una jaula con grandes lujos
- Eso es lo que yo creía, pero
cuando a mis manos ha llegado, he comprendido que nada
de esto yo deseo. Yo pensaba que tu vida era mejor que
la mía y en tu lugar yo deseaba estar, ahora me doy
cuenta que en toda las vidas existen dificultades y
alegrías y ser felices es el objeto más deseado, y no
los objetos materiales. Pero hay algo que no comprendo,
si podías escapar antes de esta jaula, ¿por qué nunca lo
hiciste?
- Porque tenía un bien muy
preciado
- ¿Las comodidades de tu jaula?
- No, no son ni la comida ni el
agua, ni los columpios de mi jaula, eres tú, mi mejor
amigo, cuando vi que tu vida peligro corría no lo dudé
ni un instante que a tu rescate acudiría, con mi pico la
jaula abriría y a los humanos distraería
- Eres el mejor amigo que nunca
podré tener jamás, siempre a mi lado estabas y yo con
envidia te miraba, no veía al amigo solo sus
pertenencias, y ahora tengo las pertenencias y he
perdido al amigo
- Al amigo no lo has perdido pues
cada día vendré a verte y si lo deseas de tu jaula puedo
liberarte pues con mi piquito puedo soltarte
- ¿Harías eso por mí? Después de
cómo me he comportado contigo
- Todo aquello es historia ahora,
lo importante es que lo has comprendido y libre
nuevamente puedes verte, si así lo deseas, pues todo
esto que ahora tienes en tu jaula deberás dejar
- Por supuesto, abre la puerta
amigo, nadie puede comprar mi libertad
Dicho esto, el canario Bartolo muy
contento, con su piquito la puerta de la jaula abriría
para su amigo el ratoncito Florentino, que con sus
patitas veloces pronto de allí escaparía.
El canario Bartolo y el ratoncito
Florentino de allí al campo se irían, donde vivieron
largos años muy contentos y su amistad siempre
perduraría.
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